Opinión
De vacaciones en las colonias

Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
Aprovechando un congreso de arqueología africana, he estado de vacaciones en las colonias. Pero no en las de África, sino en las de aquí, en las de la Península Ibérica. Concretamente en la región del Algarve, donde se celebró el evento.
Porque el Algarve no es Portugal. Es tierra colonizada. No solo eso, es un ejemplo clásico de colonialismo moderno, que se puede definir como el proceso de ocupación de territorios extranjeros, de expropiación de recursos humanos y materiales en dichos territorios y de creación de un régimen de segregación basado en asimetrías económicas, sociales y raciales. Lo que voy a describir no difiere en nada de lo que se puede encontrar en Baleares, Canarias o diversos puntos de la costa mediterránea.
La zona que visité estaba ocupada por hoteles de lujo en los que la clientela era rubia, de ojos azules y del norte de Europa, y el servicio moreno, de ojos oscuros y del Sur Global. Dice el sociólogo Aníbal Quijano que la colonialidad es un sistema de clasificación racial y étnica de la población a nivel planetario que se generaliza a partir de la expansión europea a fines del siglo XV. La colonialidad otorga a cada raza y etnia un lugar en la jerarquía del trabajo. El concepto tiene la ventaja de no entender el fenómeno colonial como algo del pasado, sino como un proyecto en marcha.
Y tan en marcha. En el hotel tengo la sensación de estar en una plantación del sur de EEUU en 1860 o en un rancho de las tierras altas de Kenia en 1930: los mismos siervos, los mismos señores; los mismos gestos serviciales por parte de unos, los mismos gestos displicentes por parte de otros. La jerarquía de la colonialidad no solo coloca a cada uno en su sitio por su raza y etnia, sino que moldea de forma distinta subjetividades y cuerpos.
En el Algarve, los subalternos que no trabajan en la hostelería lo hacen en las plantaciones, que también las hay. Mientras los blancos disfrutan del ocio, la población racializada, casi toda procedente de las excolonias, trabaja de sol a sol en invernaderos, a suficiente distancia para no molestar a los señores. No hay segregación social sin segregación espacial.
Los amos llegan al Algarve en vuelos comerciales o en jet privado antes de dirigirse a su residencia de lujo o a su yate en Quarteira, donde se encuentra una fenomenal concentración de embarcaciones de más de dos millones de euros.
La población local, mientras tanto, brilla por su ausencia, excepto la que sirve a los amos. No está porque no puede estar. Todo el territorio se encuentra invadido por colonos de rentas altas o altísimas —el 25% de los residentes— que copan el mercado de la vivienda. Además de los hoteles, el paisaje es una sucesión de villas de lujo con precios que oscilan entre los dos y los diez millones de euros. El colonialismo de asentamiento no siempre funciona a través del genocidio: también utiliza otros métodos de exclusión para extirpar a la población local o reducirla a servidumbre: el engaño, la corrupción y la colaboración de las élites nativas.
No hace falta saber mucho de edafología para concluir que las villas se han instalado en terrenos yermos que durante milenios no valieron nada. Tampoco hace falta ser historiador para deducir que los colonos les compraron las tierras a los indígenas por mucho menos de lo que valen hoy. Ahora las gestionan empresas inmobiliarias y fondos de inversión desde la city de Londres. Los portugueses tienen las mismas posibilidades de recuperar el Algarve que los indios Lenape de recuperar Manhattan.
Una vez libre de nativos, el paisaje se ha ido construyendo para satisfacer el imaginario colonial, como sucedió en otras partes del mundo. Porque de la misma manera que a los colonos no les interesa la cultura local, no les interesa el paisaje local. Están allí porque hay sol y playa, igual que los colonos de Virginia estaban allí porque había tierra fértil y los de Sudáfrica porque había diamantes. El colonialismo moderno es la paradoja de querer apropiarse de un sitio del que se desprecia prácticamente todo.
Así pues, de la misma manera que los franceses convirtieron la costa argelina en una copia de la Riviera, los neocolonos del Algarve han transformado los territorios invadidos en una réplica del sur de California. Palmeras, plantas exóticas, chalés Spanish style, pistas de golf, clubs pijos, restaurantes internacionales a precios delictivos, carteles en inglés.
Los carteles son importantes porque todo colonialismo es una forma de inscribir el paisaje: para apropiarse simbólicamente del territorio, para hacerlo comprensible y para sentirse en casa. Los carteles del Algarve cumplen las tres funciones. Transmiten el mensaje de que si uno es extranjero y con la nacionalidad y la renta correctas (que implica también un color de piel adecuado), entonces está en su casa. No invitado en un país extraño, sino en casa.
Mientras circulo por el territorio colonizado, me cruzo con carteles del partido ultraderechista Chega, que logró un segundo puesto en las últimas elecciones. Su lema es "Salvar Portugal". Y pienso que está bien elegido, porque tienen el país completamente ocupado y expoliado por invasores extranjeros. Pero no, claro.
Chega no va a salvar el país de quienes se han adueñado de él con fajos de billetes y especulando, sino de los siervos inmigrantes que lo sostienen; el 20% de los trabajadores de la construcción, el turismo y la agricultura en Portugal está en riesgo de pobreza. De lo que se van a encargar Chega y sus socios es de que quienes trabajan de sol a sol nunca puedan llamar a Portugal su casa. Para eso hay que pertenecer al grupo correcto en la jerarquía de la colonialidad. Porque a la expropiación que llevan a cabo las élites, el nacionalismo de ultraderecha nunca tendrá nada que objetar.

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