Opinión
Veinte kilómetros
Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Nací un uno de febrero, a setenta kilómetros de casa. Eran las diez de la mañana –quizás por eso nunca me ha gustado madrugar–, y mi madre llevaba poco tiempo en el Hospital Provincial de Albacete, donde en seguida asomaron mis piececillos. Salí al mundo del revés, y aunque pudo ser un parto complicado, siempre dice mi madre que le resultó mucho más llevadero que el de mi hermano, porque ya no era primeriza. Así que el primer trayecto que hice en mi vida, a los dos días, fue en realidad un viaje de vuelta. Una hora en furgoneta que me llevó hasta mi pueblo, hasta mi hogar.
Otro uno de febrero, treinta y siete años después, mi padre se levantó con un fuerte dolor en esa misma casa. Sabía que la hernia inguinal de la que le habían operado poco después de mi nacimiento volvía a dar guerra, tanto tiempo después, pero el médico del pueblo no le dio demasiada importancia. La tocó un poco, rellenó un informe, le dijo que ya le operarían. Esa mañana, sin embargo, él supo que tenía que correr a urgencias. Despertó a mi madre, arrancó el coche y se fueron al hospital, más o menos a la misma velocidad que con aquella vieja furgoneta, porque no se atrevía a pisarle más en ese estado. Afortunadamente, ahora solo tenían que recorrer veinte kilómetros.
El Hospital General de Almansa se inauguró en 2007. Desde entonces, han intervenido ahí a mi madre para ponerle una prótesis en la rodilla y para quitarle las cataratas; a mi padre para coserle los tendones de una mano que se cortó con unas tijeras de podar, y a mí para retirar de mi muslo un lunar sospechoso. El único que no ha pasado por ninguno de sus quirófanos es mi hermano. A este balance hay que sumar ahora la operación de urgencia de esa hernia que pareció poca cosa al médico, pero que había estrangulado y necrosado un pedazo de intestino a mi padre.
Sin sus reflejos para acudir enseguida a urgencias no sabemos qué habría pasado. Sin su valentía para coger el coche y no esperar a la ambulancia, incluso con tanto dolor, no sabríamos qué habría pasado. Pero si no se hubiera construido un hospital en Almansa y hubiera tenía que ir a Albacete, sí sabríamos lo que hubiera pasado. Porque en los veinte kilómetros que separan el nuevo centro de mi pueblo, Alpera, el muslo se había duplicado de tamaño. El cirujano nos informó muy claramente: si la infección hubiera continuado un poco más hacia los órganos internos, mi padre –como mínimo– se estaría debatiendo entre la vida y la muerte.
Sé que, si hubiera sido otra clase de dolencia, esa misma distancia sería demasiada. Sé que algunos de mis paisanos no han llegado a tiempo al hospital. Pero estos días, mientras secaba las impresionantes cicatrices que esta crisis ha dejado en el enjuto cuerpo de mi padre, solo me sale pensar que veinte kilómetros hasta la sala de urgencias han sido milagrosamente pocos. Quienes hemos crecido en lugares que no contaban, que no se nombraban, que no aparecían en ningún lado, tenemos un doctorado en conformarnos. A veinte kilómetros estaba mi instituto, a veinte kilómetros hay un cine, a veinte kilómetros te salvan la vida. No son pocos, pero sabemos que a mucha gente todo le pilla más lejos.
Estando ya en casa, a mi padre le llegó un SMS para que valorara su estancia en el hospital. Como su móvil no tiene internet, fuimos a Atención al paciente cuando le tocó la siguiente cura. Allí recogimos un formulario de agradecimiento que he rellenado en su nombre, porque no se fía de la mala letra de alguien que aprendió a leer y escribir cuando ya llevaba una década trabajando en el campo. Está bien así, porque sus palabras son también las mías: gracias a todo el personal del Hospital de Almansa, que tan bien le han tratado.
En la semana que ha estado ingresado, eso sí, me ha dado tiempo a enterarme de los recortes que viene sufriendo el centro. Ya no tiene UCI, ya no tiene Unidad del dolor, y la cosa sigue. Los pacientes –pasados, presentes, futuros– se han organizado en una plataforma en defensa del hospital que cuenta desde ya con todo el apoyo de una de las muchas familias que han pasado por sus quirófanos, por sus consultas, por sus habitaciones. Una familia que, aún a veinte kilómetros de todo ello, hoy respira aliviada de que no sigan siendo setenta.
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