Opinión
A ver si no vamos a saber qué hacer con tanta mierda

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
La noticia sobre la dimisión de Iñigo Errejón me pilló viajando a Tenerife para estar en las III Jornadas de Comunicación Igualitaria. La verdad es que, por suerte para mí, no comparto círculos con él. Al parecer, dicen, era “todo el mundo” a su alrededor sabía que era un agresor. No me sorprende: es lo habitual. A mí me ha pasado con otros tipos, que cuando les han acusado públicamente, me he avergonzado profundamente de no haber dicho ni hecho nada antes porque LO SABÍA. A veces, simplemente, lo intuía, pero en otras muchas ocasiones, lo sabía. Sin excusas.
El caso es que estaba viajando a Tenerife para participar en una mesa sobre cómo tratar las violencias sexuales en los medios de comunicación. Rodeada de jefazas como Ana Marcos, Jennifer Jiménez o Idaira Martín Martínez, que moderaba la mesa. Creo que dimos algunas claves interesantes y, sobre todo, hablamos de la importancia de cuidar a las víctimas en la construcción de sus propios relatos de cara a denunciar públicamente algunas agresiones. Pero, inevitablemente, una pregunta me ronda la cabeza: ¿Cuándo es mejor que no sea noticia?
No digo cuándo es mejor que no sea noticia para el agresor o para la sociedad, esa palabra en la que nos escondemos tan a menudo, lo que me pregunto es cuándo es mejor que no sea noticia para las víctimas. En la Facultad suelen decir eso de que si un perro muerde a una criatura, eso no es una noticia, pero sí es una criatura la que muerde a un perro… pues eso sí. Por esa regla de tres, bastante viejuna, las agresiones sexuales cometidas por hombres cis heterosexuales no deberían ser noticia. Pero lo son y queremos que sigan siéndolo, pero ¿siempre?
Durante el tiempo que estuve trabajando en la redacción de Pikara Magazine vi cómo llegaban a buscarnos muchas mujeres que confiaban en el poder sanador de contar su historia en un medio de comunicación. En muchos casos, no pudimos contar sus historias: faltaban pruebas, no teníamos recursos para hacer una investigación en condiciones, no teníamos tiempo o, simplemente, pensamos que era más útil para ellas no hacerlo o que lo hiciera otra periodista. N., por ejemplo, me llamó un día para contarme que Mario López, exseleccionador nacional de baloncesto, estaba acusado de haber agredido sexualmente a una menor de manera continuada. Le puse en contacto con otra compañera, de otro medio, porque sabía que ella tenía los recursos que no tenía yo y la visibilidad que no tenemos nosotras en un medio como Pikara Magazine.
En otra ocasión, una mujer joven, que conozco vagamente, me pidió ayuda. Quería contar su historia. Estaba enfadada, muy triste, todavía en shock. Entonces, pensé que lo que necesitaba era acompañamiento psicológico y militante. Le ayudé a buscar a una psicóloga en su ciudad, le puse en contacto con el movimiento feminista. Volvimos a hablar unos meses después: había decidido no contar su historia. Tenía claro que, entonces, no era lo que necesitaba. Seguro que se habría arrepentido de hacerlo. En esa ocasión, no tuvimos historia, como suele decirse en el argot. Pero, ¿sabéis por qué? Porque las historias no nos pertenecen a las periodistas. Porque los medios de comunicación podemos ser altavoz, pero, somos, sobre todo, ruido. ¿A veces sana? A veces. ¿A veces es peor? Sí, también.
Alguien del público intervino en la ronda de preguntas. Se preguntaba, en voz alta, qué pasa con todas esas mujeres que se atreven a denunciar algunas situaciones de violencia en las redes sociales sin estar arropadas por nadie. Qué significan tantos me gustan y tantos mensajes de apoyo; con quién van a denunciar a la comisaría, si deciden hacerlo; quién sostiene sus dudas y sus noches en velas; quién, más allá de la historia, es capaz de verlas a ellas. Todos los mensajes de ánimo y de apoyo a las víctimas que estamos viendo últimamente me preocupan.
Me preocupa porque no sé hasta qué punto es cierto. Me preocupa que saquemos toda la mierda de los cajones y, después, no tengamos tiempo para volver a ordenar la habitación. Me preocupa, me preocupa mucho, que estos tsunamis se hagan solo en redes sociales, de espaldas al movimiento feminista, que no tiene la fuerza logística que nos gustaría para gestionar tanto dolor de manera colectiva. Me preocupa que detrás de tanto ‘Me gusta’ y tanto ‘Compartir’ no haya capacidad política de organización real.
Porque parece que siempre tenemos tiempo –yo, la primera– para un tuit, para una reflexión, para un ataque de rabia en redes, pero no sé si tenemos tiempo, conocimientos ni recursos para transformaciones y acompañamientos más profundos. Me enternecen quienes se animan a lanzar mensajes del estilo “Cuéntanos tu historia en noséque@gmail.com”, pero, ¿con qué herramientas piensan acompañar el dolor de todas esas mujeres? Acompañar los procesos de sanación de las víctimas de violencia sexual exige, por suerte, de una capacitación que, evidentemente, no tenemos todas. Cuidado con el daño que podemos hacer a las que se muestran ahora tan vulnerables, con el dolor que puede causar que decidas abrirte y que, al otro lado, te encuentres con la buena voluntad de alguien que no tiene ni idea de qué hacer con tu dolor. Generar espacios para construir relatos y hacer denuncias es importante, pero más importante es que tengamos espacios de escucha que contribuyan a nuestra sanación.
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