Opinión
Verbenas y algo más: el compromiso de Maruja Mallo

Periodista cultural
-Actualizado a
Puede que lo más conocido sean su cuadros de verbenas, pero a Maruja Mallo el que más le gustaba era La sorpresa del trigo, una obra que tuvo su origen en la manifestación del 1º de mayo de 1936, cuando vio alzarse entre la multitud el brazo de una muchacha enarbolando una hogaza de pan. Lo llevaba cuando marchó al exilio en 1937, después de permanecer escondida en Vigo durante seis meses en casa de un familiar, tras el estallido de la guerra civil española. Fue aquel un periodo crucial en su vida —como lo fue para todas las personas que lo vivieron— al que tradicionalmente no se le ha prestado demasiada atención. Justo ese periodo es el elegido por Arturo del Villar para dedicarle un curioso librito editado por la Biblioteca de divulgación republicana. Se titula Maruja Mallo, pintora del pueblo, testigo de lo que hicieron en Galicia y hace hincapié precisamente en su compromiso político de la pintora y en cómo vivió ella el inicio de la contienda.
Lo recupera él, pero sobre todo lo contó ella misma. Quiso contarlo una vez llegó a Buenos Aires. Fue allí cuando se sentó a ordenar pensamientos, recuerdos y vivencias y escribió un texto llamado Relato veraz de la realidad de Galicia, que remitió a La Vanguardia. Se publicó en cuatro entregas durante el verano de 1938 y lo ilustraban cuadros de la serie La religión del trabajo. En el primero, una joven sostiene un pez entre sus manos, de forma mágica o milagrosa, tal y como florecían las espigas de los dedos de la mujer (o la diosa Deméter, en otras interpretaciones) en La sorpresa del trigo. Su relato comienza así:
En Galicia, al producirse la rebelión, en los primeros días del criminal atentado, comenzó la era del terror; los encarcelamientos injustificados, los fusilamientos sin formación de causa, las matanzas en masa. Los campesinos que en aquellos momentos dedicaban sus tareas a la espléndida recolección del verano, los marineros y obreros que trabajaban pacíficamente, se sintieron sorprendidos ante las llamadas que por radio eran lanzadas:
¡Viva España! ¡Viva la República! ¡Acudir a defender a la República!
Habla a continuación de traición y emboscadas, de expresiones cuyo misterio no duró mucho porque al final siempre significaban lo mismo: asesinatos y más asesinatos era en lo que consistían los Hoy va a haber limpieza, Hoy hay carne fresca o los temidos paseos. Muchas veces comenzaban con una llamada a la puerta. Ser delatada debió ser el gran temor de Maruja Mallo durante aquel tiempo de encierro y no lo olvidó cuando tuvo que escribir sobre ello:
La mayor parte de las denuncias las hacen las beatas bigotudas y las prostitutas desdentadas, que van a los gobiernos civiles y a las comandancias militares […]. “Estas sí que son mujeres patriotas” […]. Hablan así estos escombros encanijados mientras los nombres de las calles Colón, Cajal, Carlos Marx, Rosalía de Castro, Concepción Arenal son sustituidos por nombres de los altos mandos sangrientos.
Había otras mujeres y otras prácticas que también se reflejan en su relato, como la de rapar la cabeza de las mujeres y grabarlas en la frente las siglas UHP (Uníos, Hermanos proletarios).
No les dejaban al principio cubrir las cabezas con los pañuelos, como es costumbre entre obreras y campesinas; después se ordenó que se cubrieran nuevamente, obstinándose ellas en no cumplir este mandato, diciendo: “Así sabrán quienes fuimos, quienes somos y quiénes seremos”.
En general, que alguien llamara a tu puerta en esa época no era presagio de buenas noticias sino de todo lo contrario. Lo peor sin duda era que te reclamaran con nombre y apellidos, pero el caso es que no había forma de escapar a otras prácticas instauradas como el “día del plato único”. Sucedía dos veces al mes, según cuenta Maruja Mallo, cuando, como parte de las actividades de la Falange femenina, las señoras de buena familia se presentaban en tu casa reclamando lo que habías ahorrado gracias a no comer más que un plato los días 1 y 15 de cada mes.
En muchos hogares la respuestas es la presencia de mujeres y niños vestidos de luto y: “Aquí nada tenemos ya sino el hambre y nuestros muertos”. En otras. “Desde el 18 de julio en esta casa no comemos”. En otras contestan: “Señoritas: aquí no podemos hacer extraordinarios; todos los días tenemos plato único”.
El pequeño expolio del pan de cada día se completó con el gran expolio de objetos que pudiera ser fuente de riqueza, como anillos, relojes, objetos… Mallo habla también de unos carteles que aparecieron con lemas como: “Quien ama a su Patria lo entrega todo” o “La Patria necesita tu oro, tus hijos. Entrégalo todo si eres español y cristiano”. El relato de la artista incluye detalles como estos y nombres propios que evidencian su voluntad de no olvidar… Pero se olvidó o se obvió, con la inestimable ayuda de biografías de referencia como la de Shirley Mangini, donde por no haber no hubo ni encierro, ni peligro, ni sublevación, ni guerra. Como señala crítico e irónico Arturo del Villar “Maruja Mallo estuvo ejerciendo tranquilamente como profesora, y se marchó a Buenos Aires, porque la invitaron a dar una charla […]. Es inverosímil pero está publicado así”.
También se olvidó porque no había mucho interés, a la vuelta de Mallo del exilio en los años 60, en recordar unos tiempos demasiado cercanos, demasiado dolorosos y dañinos. La existencia y militancia política de Maruja Mallo se escondió demasiado pronto detrás de su imagen o bien de señora excéntrica —como el más elegante de algunos descalificativos que se le dedicaron— o de musa de La Movida, cuando experimentó un efímero reverdecer. La exposición que se acaba de estrenar en el Museo Reina Sofía es una buena ocasión para recuperar toda su compleja y completa figura, sin olvidar su pasado y su militancia.
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