Opinión
Vidas pequeñas

Por Juan Losa
Periodista
-Actualizado a
Dice ella que ya estaría. Que le falta el aire y que así no hay quien siga. Entonces coge y se marcha, y él se queda hecho un higo, vagando por el pasillo y comiendo fuet a puro mordisco. Pasa el tiempo y él sigue prendido. Ella, en cambio, apenas se acuerda ya de él. Y si lo hace es en contextos de fiebre aguda o gases repentinos. Una pena. Ella prueba suerte con un jugador del Castilla y él acude a una terapia conductual de enfoque sistémico.
El diagnóstico es concluyente: se trata de una cuestión de índole espacial. Se llama síndrome de compresión habitacional y afecta a individuos sometidos durante largo tiempo a un déficit de superficie habitable. Por debajo de los treinta metros cuadrados, explica, el individuo deja progresivamente de pensar en términos de superficie y comienza a hacerlo en términos de encaje. Así, desarrolla lo que se conoce como una inteligencia de la escasez, basada en la previsión, la practicidad y la elusión de compromisos a largo plazo. No piensa tanto en lo imposible —la delimitación física acaba por hacerse mental— como en lo posible, lo que le convierte en un ser ajeno a cualquier forma de idealismo. Sus afectos son también mesurados, fruto de esa misma coerción. Con el tiempo, el individuo queda reducido a lo que vulgarmente se conoce como una ameba.
Él se pregunta —y hace extensiva su pregunta al terapeuta— si no será el suyo un problema estructural, de clase: ella, criada en amplias estancias, familiarizada con los usos y costumbres de la clase rentista; él, de origen agropecuario, curtido en gotelés, toldos verdes y muebles de formica. El espacio nos configura, piensa. Esto explicaría, en buena medida, la ligereza de ella, el vuelo alto de sus ideas y todas las gracias que él, sumido en una concepción ladrillocaravista de la realidad, apenas pudo o supo admirar, hipótesis que el terapeuta rechaza de plano al entender que tales presunciones exceden su ámbito competencial y que debe limitarse a lo que viene siendo el diagnóstico y la receta. Le recomienda, eso sí, pasar tiempo en espacios abiertos con gente de condición similar a la suya.
Y en esas que se baja a la plaza y conoce a un tal Ramiro, que vive cerca de la Plaza Mayor en una buhardilla a dos aguas, lo que le ha ocasionado, además de una escoliosis de grado tres, una tendencia a la indefinición y a la extrema cautela. Conoce también a Manuela, que opositó a maestra y vive en un altillo de la calle Espronceda, donde acumula una ansiedad que desborda la capacidad volumétrica de su vivienda. Con suerte dispone de claraboya y por ahí la va evacuando. Pero hay casos extremos en los que el déficit habitacional alcanza su expresión más severa. Se ha documentado el caso de una anciana que ha sido privada de su vivienda. La literatura médica es concisa al respecto: cuando el área circundante disponible alcanza un tamaño crítico menor o igual a cero, el sujeto pierde toda entidad física, queda engullido por el espacio y el tiempo. Fenece. Hoy le rendimos homenaje.
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