Opinión
Vivir en un mundo que molesta

Escritora y doctora en estudios culturales
Intento encender un mechero, pero el tubo interno que recoge el gas no llega al final del cilindro, de la misma forma que el pincel del pintauñas nunca alcanza el fondo del tarro: la industria obliga a tirar una porción del producto, a no apurar lo que fue diseñado para generar basura. Voy al supermercado con mis bolsas de tela, pero no me permiten pesar yo sola el pepino que pretendo añadir al gazpacho: la cajera me lo devuelve envuelto en plástico, con el ticket pegado, como la lechuga y las setas que compré para la cena. Suspiro. El otro día, en la estación de tren Santa Justa de Sevilla, un señor muy enfadado se negó a cambiar mi billete, lo cual forzaba una espera de casi tres horas aunque hubiese plazas disponibles antes; miré a mi alrededor –con suerte, localicé un asiento libre: en Atocha casi nunca hay–; intenté leer, pero el soniquete de varios teléfonos me interrumpía constantemente; cuando tuve que ir al baño, se había formado una cola larguísima porque a mediodía sólo existe uno disponible y, en mitad de aquel reguero de vejigas urgentes, observé a una chica embarazada de siete u ocho meses que apenas aguantaba las ganas de orinar. ¿Es que nadie va a dejarla entrar primero? –espeté–, mientras el resto de señoras me juzgaba con gestos entre la incredulidad y el reproche; excepto la muy pronto parturienta, quien se resignó al consenso egoísta, sosteniéndose el vientre. ¿No era el nuestro un país feminista?
Pongo ejemplos cotidianos de una incomodidad respecto a la sociedad que hemos construido, plagada de obstáculos para una convivencia que podría ser maravillosa si no hubiésemos interiorizado un consumismo atravesado por el individualismo más atroz, el síntoma operativo de una maquinaria económica diseñada para deshumanizarnos. Los parques ya casi no presentan bancos colectivos –lugares donde sentarse cómodamente e interactuar con los vecinos–; las fuentes públicas están siendo reemplazadas por terrazas en las que pagar el agua embotellada; el silencio brilla por su ausencia gracias a que cada quien transporta un altavoz de música, vídeos de 7 segundos, notificaciones banales. Y así, aunque una ansíe profundamente desplegar caudales de amabilidad que ralenticen el tiempo y dulcifiquen los procelosos vapuleos de la falta de decoro, resulta imposible ir a contracorriente, a pesar de los (pocos) gestos altruistas con que ocasionalmente me topo.
El mundo cuenta con una serie de problemas estructurales de raigambre política: las muertes por calor no impiden a los gobiernos –municipales, autonómicos– continuar talando árboles, construyendo con materiales inapropiados, o pactar con negacionistas. Millones de personas no votan a favor de la sanidad universal que podría salvarles la vida en caso de enfermedad, ni de la educación pública que, en muchos casos, les abrió un camino laboral probablemente vedado a sus hijos. La hostilidad, sin embargo, no se limita a la arquitectura organizativa de lo social, pues va calando entre los tuétanos desamparados, inaugurando una guerra de egos amarrados al ensimismamiento que fabrican las pantallas y, finalmente, el "sálvese quien pueda" se instaura como paradigma identitario, desde la mano que no sostiene la puerta para que pase alguien en silla de ruedas hasta el empleado de banco que te ordena, airado, realizar las gestiones online sin comprender que su trabajo peligra por ello. ¿En qué momento se nos olvidaron las normas básicas de la buena educación? La pregunta camina junto a su derivación perversa: cuándo comenzó el castigo por no adoptar comportamientos déspotas, intentar que prime el diálogo sobre el conflicto, sonreír con la intención de detener la fluidez de un odio ya omnipresente. Aquellas mujeres que no cedieron su turno en el aseo a la embarazada, ¿votarán a partidos que defienden al "concebido no nacido"?
Como si la vida se deslizase por un sumidero, constatamos la emulación en el carácter de patrones comerciales, lucrativos; el alma que se oxida mientras más avanza la privatización de espacios esenciales y las maneras de desenvolver las biografías. Hemos hecho del desdén y la desatención una praxis válida conforme las instituciones exprimían al débil para lubricar con su aliento el éxito de los escasos fuertes, y la connivencia con este modelo ha calado hasta abajo para rozar el deseo de autodestrucción. Yo querría ser capaz de la disposición agradable al desconocido, de recuperar la palabra "compartir" frente a su falso sinónimo "difundir", de ejercer mi derecho a la austeridad sin que equivalga a pobreza. Apetece una sencillez del cuerpo congraciado con su entorno y las criaturas que lo habitan. Pero cruzo pasillos llenos de objetos inservibles, me duele la demora de la cita médica, y viajo a lo largo y ancho de infraestructuras públicas colapsadas que emiten una mueca hiriente: la gente cabreada por doquier, y una violencia simbólica perpetua, horizontal. Podríamos voltear la inercia fácilmente, pero hemos elegido lo contrario y el mundo molesta. Suspiro.

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