Opinión
Las voces y los ecos

Filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla
Ahora que se reanudan las clases tras el verano, en este tiempo que avanza con su cortejo de esperanzas, propósitos y mudanzas pienso en mis alumnos de Periodismo y recuerdo las palabras de Saussure, que sostenía que el primer deber del lingüista es definir claramente qué es lo que está observando y desde qué perspectiva lo analiza.
Hacer explícito el punto de vista es fundamental para garantizar la honestidad y el rigor en el trabajo científico. Es evidente que todos tenemos valores, antecedentes y principios sobre los que se levanta nuestra visión del mundo; admitirlo es una forma de respeto hacia los demás, quienes de ese modo conocen el marco desde el que construimos nuestro discurso y se liberan de la sospecha de agendas ocultas. Este postulado, que es válido para cualquier actividad de investigación, es más relevante si cabe en el caso del género periodístico, que es siempre un modo de decir indirecto, la reproducción de los discursos de otros locutores-enunciadores que hablan a través de nuestra voz. En este entorno polifónico, es vital identificar y distinguir las voces de los ecos, como decía A. Machado, tanto más cuanto que el ámbito público se ha convertido, efectivamente, en un chirriante “coro de grillos que cantan a la luna”.
Pienso en todo esto mientras repaso las noticias del “acuerdo” entre EEUU y Venezuela - ¡atención al uso de las comillas! Los titulares de los diarios, en general, repitieron automáticamente el término utilizado por los portavoces de los gobiernos norteamericano y venezolano.
El País: Trump anuncia un acuerdo con Venezuela para adueñarse de parte de sus reservas petroleras. (29/09/2026)
News Mundo (América Latina): Donald Trump y Delcy Rodríguez anuncian un acuerdo que otorga a EEUU el control de más del 20% de las reservas de petróleo de Venezuela. (28/08)
El Nacional: Claves para entender el acuerdo petrolero entre Venezuela y EEUU.
elDiario.es: Trump anuncia un acuerdo “histórico” con Venezuela para controlar sus reservas petroleras y duplicar las de EEUU.
La prensa, como un disciplinado coro de grillos, cantó acuerdo sin ningún matiz, comentario crítico ni distancia epistemológica, como habría sido el uso de las comillas u otros marcadores evidenciales (expresiones que nos indican la fuente de la información mostrando que su origen es externo al locutor), por ejemplo: “lo que ambos gobiernos han llamado un acuerdo”, “el denominado acuerdo”, “en palabras de D. Trump”, etc. Al no tomar ningún tipo de cautela, asumieron los comunicados oficiales como propios utilizando la etiqueta acuerdo para hacer referencia a un pacto firmado entre Estados en una situación de enorme desigualdad o asimetría.
Si contextualizamos este acontecimiento, resulta que durante el año pasado EEUU intensificó su ofensiva intimidatoria sobre el país caribeño llevando a cabo cientos de ejecuciones extrajudiciales contra supuestas “narcolanchas” en aguas internacionales, violencia extrema que justificó como parte de una pretendida guerra contra el narcotráfico. Sin prueba alguna, sin juicio, fueron asesinadas más de 200 personas en 69 ataques; muchas de ellas, pescadores que andaban faenando. A continuación, el ejército norteamericano, en un ataque que llamó Operación Resolución Absoluta, invadió Venezuela, bombardeó Caracas y otras zonas estratégicas militares, y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, que fueron trasladados a Nueva York para ser juzgados por narcoterrorismo. En esta última operación fueron asesinados al menos 55 militares cubanos y venezolanos.
Invadido el país y secuestrado su presidente, Trump notificó en una carta que reconocía a Delcy Rodríguez como ‘la única jefa de Estado’ de Venezuela (CNN, 12 de marzo 2026), al frente de un gobierno elegido por EEUU como “autoridad legal con la que puede negociar”, esto es, un gobierno 100% controlado desde Washington; algo que muchos expertos llamarían un gobierno títere. Huelga recordar que no se ha producido ninguna transición democrática, ni se han celebrado elecciones.
Pacto o plomo, esa era la oferta que Delcy Rodríguez recibió en enero (“Trump amenaza con nuevos ataques a Venezuela si Delcy Rodríguez no colabora y cede con el petróleo”, eldiario.es 5/ 01/2026) En una entrevista telefónica con The Atlantic el domingo 4 de enero, Trump lanzó a Rodríguez la siguiente amenaza: “Si no hace lo correcto, pagará un precio muy alto, probablemente más alto que Maduro”. Ese mismo día, hablando con la prensa en el Air Force One, lo aclaró aún más: había exigido a Rodríguez el “acceso total” al país en términos de recursos naturales.
¿Y pues? Dadas las circunstancias de desigualdad entre ambos estados, la posición sometida del invadido, la tutela efectiva del invasor, la amenaza explícita de uso de la fuerza ¿se puede hablar con propiedad de acuerdo? Las dudas, más que lógicas, sobre el tipo de documento firmado explican que en los días siguientes los medios lo calificaran de oscuro, opaco, dudoso, controvertido, sospechoso…, sí, pero siguieron hablando de acuerdo, igual que ocurrió con el falso “alto el fuego” de Israel en Gaza. También entonces la prensa repitió mecánicamente la etiqueta matizándola con tímidos adjetivos como frágil o precario. Pero todo el mundo creyó que existía un “alto el fuego”, convicción que abortó la indignación y neutralizó la protesta social mientras el genocidio continuaba.
También al secuestro del presidente Maduro se le llamó captura, como si tratara de dar alcance a un criminal a la fuga. Todos los hechos ocurridos en Gaza y en Venezuela son contrarios al Derecho Internacional; algunos han sido llevados al Consejo de Seguridad de la ONU por países como España, que consideraron un “peligrosísimo precedente” la operación militar de captura de Maduro y su esposa. En definitiva, EEUU secuestró al presidente de un país soberano para tomar el control de sus recursos; ni rastro, por tanto, de la lucha contra el narcotráfico.
A pesar de estos antecedentes, casi nadie se atreve a puntualizar las palabras oficiales, a llamar a las cosas por su nombre. Un sesgo de “falsa neutralidad” nos impide decir sencillamente lo que está ocurriendo más allá o por detrás de las etiquetas de los gobiernos. La polarización -falacia argumentativa que presenta la realidad como organizada a través de dicotomías, oposición de polos que se excluyen mutuamente- obliga a tomar partido por uno de los extremos. Efectivamente, si señalas la falta de distancia y de crítica en esos titulares, corres el riesgo de ser tachada de chavista, bolivariana, o incluso de traidora. Como es sabido, la polarización induce a confundir la objetividad con una quimérica equidistancia, cuando de lo que se trata es de analizar rigurosamente los datos e investigar lo que ocurre, no meramente de reproducir lo que dicen unos y otros sin contrastar con los hechos ni tomar partido.
Desde el punto de vista del Derecho Internacional, podría plantearse si un documento firmado en esas condiciones de sometimiento, de máxima presión y bajo amenaza es un acuerdo genuino, o se trata más bien de una imposición violenta. Desde luego, no se dan las condiciones de igualdad y de libre voluntad requeridas. Cuando un Estado actúa bajo la fuerza de una invasión, se produce lo que el Derecho Internacional (artículo 52 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados) define como coacción sobre un Estado por la amenaza o el uso de la fuerza. Por tanto, es legítimo plantear si el documento firmado bajo esas condiciones es válido jurídicamente, o es nulo de pleno derecho.
Desde el punto de vista semántico, en los titulares mencionados se utiliza un término amplio y genérico (acuerdo, hiperónimo) para designar una realidad mucho más específica (capitulación, rendición, hipónimo); sería un cambio por generalización semántica o ampliación del significado, cuyo uso no es, por supuesto, inocente: mientras que acuerdo connota diálogo, consenso y cooperación, capitulación se asocia con humillación, derrota y ruptura. En este caso, las expresiones tratado de paz, armisticio, acuerdo de capitulaciones o rendición serían denominaciones mucho más precisas.
Podríamos pensar que llamar acuerdo a lo que realmente es un despojo colonial o un saqueo de recursos es uno de los miles de eufemismos con los que se disfraza y suaviza una realidad brutal, pero aquí no hay solo atenuación. Cuando se llega a vaciar una palabra de su significado real para llenarla de un contenido opuesto estamos ante un proceso de inversión semántica. Se utiliza el prestigio o la carga connotativa positiva de la palabra acuerdo para encubrir su antónimo: una imposición violenta. El receptor que escucha acuerdo recibe una idea de falsa normalidad.
Por eso, más que de eufemismos tendríamos que hablar de neolengua ( G. Orwell, 1984) término que se utiliza en la comunicación política para describir el uso del lenguaje con el fin de ocultar la verdad. Al llamarlo acuerdo, el discurso trata de neutralizar las herramientas lingüísticas que permitirían cuestionar un acto que a todas luces es ilegal, contrario al derecho internacional. En ese momento, las palabras ya no reflejan la realidad, actúan como una pantalla de humo que la oculta. La confusión y el desconcierto son naturales, porque la perversión del lenguaje que supone la inversión no implica modificar algunos datos, sino que falsea la propia categoría de la realidad, pervierte la etiqueta conceptual que se le asigna a los hechos para alterar el juicio ético del público.
¿Qué pueden hacer los medios ante esta situación?
La pérdida de la distancia epistemológica, que lleva a asumir como propio el discurso de otro sin contrastarlo y verificarlo es algo muy grave, pues va directamente contra el corazón del derecho a una información veraz. Suele justificarse por la urgencia, que lleva a un corta y pega. Se nos dice también que el periodismo actual vive bajo la tiranía del clic inmediato. Que las redacciones, precarizadas y con poco tiempo, copian literalmente los teletipos de las agencias de noticias o las notas de prensa oficiales de los gobiernos. En definitiva, que no hay tiempo para análisis ni para contrastar la veracidad de los hechos o la oportunidad del empleo de ciertos términos.
Y luego está el miedo a las represalias por ser tachado de “terrorista” o traidor, por lo cual muchos prefieren repetir la palabra invertida antes que señalar la inadecuación del término.
Lo que ocurre es que actuando como “grillos que cantan a la luna”, los medios se convierten en meras correas de transmisión y el periodismo pierde su razón de ser cediendo ante el simulacro (Baudrillard) creado por la propaganda oficial. Por ello, los Manuales de Estilo suelen ser muy críticos con el lenguaje de camuflaje. Sin embargo, la presión de las agencias, y, sobre todo, la línea editorial que imponen los propietarios de los medios dificultan la tarea de informar.
Pese a todas estas circunstancias, es imposible evadir nuestra responsabilidad. En mayo de 2004, The New York Times pidió disculpas a sus lectores porque en los meses anteriores a la Guerra de Irak (2003) el periódico asumió de forma acrítica las etiquetas del gobierno, concretamente la existencia de “armas de destrucción masiva” que jamás existieron, premisa que sirvió de base argumentativa legitimadora de una invasión y de una guerra que causaron cientos de miles de muertos. En ningún momento, el diario tomó la distancia epistemológica necesaria, verificó la realidad, contrastó las informaciones con los hechos. Se limitó a actuar como un megáfono institucional, su cobertura “no fue tan rigurosa como debió haber sido”, no cuestionó ni contrastó, no actuó con cautela hasta verificar la información. Un año después, ya era muy tarde para un país arrasado y para cientos de miles de vidas segadas para siempre.
Es vital que los lectores podamos tener claridad sobre el origen de la información, única forma de alcanzar una interpretación crítica de los hechos que nos permita tomar decisiones independiente y libres. El periodismo puede estar al servicio de todos como una herramienta democrática fundamental, o, al contrario, postrarse a los intereses de los grupos de poder actuando, como señaló G. Orwell, para “hacer que las mentiras suenen verídicas y el asesinato respetable, así como para dar una apariencia de solidez al puro viento.”



Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.