Opinión
Volver a la luna y vivir en paz

Por Miquel Ramos
Periodista
Hemos vuelto a la luna. Digo hemos, porque las cuatro personas que en estos momentos se encuentran fuera del planeta en una nave tras dar un voltio por el lado oscuro del satélite representan a toda la humanidad. Hay consenso en esto, en apreciar la grandeza del ser humano desafiando a la naturaleza, imaginando, descubriendo y construyendo más allá de su entorno más tangible e inmediato. Nos fascina explorar lo desconocido, superar los límites, y llevamos constantemente al cine y a la literatura esas ansias por conocer más, por aprender, por ser cada vez más sabios, más capaces. Hay un universo ahí fuera por descubriryy, como dijo el astronauta Neil Amstrong hace casi sesenta años tras pisar la luna, cada pequeño paso ahí fuera es un gran salto para la humanidad.
Ver hoy en todas las portadas una reseña de esta nueva aventura espacial es como encontrar un paraguas en medio de una tormenta. No porque vaya a solucionar nada de lo que sucede aquí, en la Tierra, sino porque nos permite evadirnos por un momento y ser conscientes de lo dotados que estamos los humanos para romper todo tipo de barreras. Y eso da esperanza. Sin embargo, cuando seguimos recorriendo la actualidad, cuando pasamos de página o cambia la noticia en el informativo, cuesta aceptar que el mismo animal que es capaz de llegar a la luna, se está destruyendo a sí mismo y está destruyendo el planeta.
Hay un pensamiento recurrente entre padres y madres durante los primeros años de crianza que alude a cómo vamos a explicarle el mundo a nuestras hijas e hijos. Es quizás uno de los retos más importantes, más bonitos y a la vez más complicados. Es algo que no dejo de pensar desde que nació mi hija hace año y medio, embriagado de felicidad, reescribiendo nuestras prioridades, pero también salpicado de ansiedad viendo cómo va el mundo, las guerras, los genocidios y las miserias que no cesan, algunas muy cerca de nosotros, en nuestro barrio, en nuestras familias, en nuestras amigas. ¿Cómo le explicamos a nuestra hija que podemos llegar a la luna pero somos incapaces de darnos una vida digna y en paz en la tierra?
No debería ser incompatible la conquista del conocimiento, la exploración de nuestros límites como especie, y la mejoría de nuestro paso por este mundo. Es cierto que la ciencia, la tecnología y todo el saber adquirido a lo largo de los siglos ha mejorado notablemente nuestras vidas, pero también es verdad que gran parte de todo este aprendizaje se usó ayer y se usa hoy para someternos, controlarnos o destruirnos de una manera más eficiente. Somos capaces de curar enfermedades, de construir artefactos inimaginables, de transformar los elementos y poner todos los recursos del planeta a nuestro servicio. Y a la vez, se usa un alto porcentaje de toda esta sabiduría para hacernos daño, para el beneficio de unos pocos. Es la dualidad del ser humano, imagino, capaz de lo mejor y de lo peor. De la ternura y de la tortura. Y esto es jodido de asumir, pero más todavía de explicar a quien empieza a ser consciente de que vive en este mundo, de que forma parte de esa especie, de que le va a tocar elegir bando.
Una de las claves para tratar de promocionar lo constructivo y cooperativo frente al egoísmo y la crueldad es promover la responsabilidad. Hay una enorme infección de irresponsabilidad en todo lo que promueve el neoliberalismo, los imperialismos, el saqueo del planeta y el ecocidio en marcha, como lo hubo en su día en todos los sistemas humanos de dominación, explotación y acumulación. La irresponsabilidad es el motor de todo ello, porque las consecuencias, más allá del beneficio de unos pocos, no importan. Hacer que una persona se sienta partícipe del mundo es también hacerla responsable del futuro de todas y todos, que también está en sus manos.
El mundo es complicado, lo sé, y no se puede ser naíf con el diagnóstico ni con la solución obviando todo lo que condiciona nuestras relaciones como especie, con el planeta y la manera en la que vivimos y convivimos. Pero explicar todo esto a una niña que empieza a preguntar de qué va este mundo, de qué va la vida, requiere quizás esa simpleza. Sí, somos capaces de volar, de ir a la luna, de atravesar océanos y construir aparatos que desafían cualquier límite espaciotemporal, pero somos incapaces de solucionar lo inmediato, lo de comer todos los días, que no nos falte de nada, lo de vivir en paz.
Sí, el mundo que tenemos lo hemos construido entre todos, y siempre hay a quienes les va bien jodiéndole la vida a los demás. A nuestras vecinas las echan de casa este mes por no poder pagar la subida del alquiler. Hace unas semanas, las bombas mataron a casi 200 niñas en una escuela. Y a aquel chico con cáncer no lo pueden tratar en su país porque no tiene seguro médico. Pero hemos llegado a la luna, hija mía. Por segunda vez.
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