Opinión
'Yakarta' y la victoria de la derrota

Por Guillermo Zapata
Escritor y guionista
"Nadie que juegue al Badminton es feliz", dice el personaje de Javier Cámara en Yakarta. Es un entrenador de Badmington y una persona fracasada por tres motivos. El primero es una derrota deportiva a la que ha quedado enganchado, su fracaso le ha hecho ser adicto a ganar. Cree que ganando algo resolverá los otros elementos de su vida que le han convertido en una persona fracasada. Su segundo fracaso es por culpa de la verdad. Su personaje sabe algo que muy poca gente sabe y mucha gente debería saber, pero su empeño con la verdad le ha hecho una persona desgraciada, aislándole a prácticamente todos los niveles. Ninguno de esos motivos son los más importantes. El motivo más importe es un secreto. Un secreto que yo no voy a desvelar aquí.
Yakarta es una serie de lo que podríamos denominar el Diego-San-José-verso que junta a Javier Cámara, con quién ya colaboró en la trilogía sobre la política española Vota Juan, y a la directora Elena Trapé, que ya dirigió y construyó la imagen de su anterior proyecto, la descomunal Celeste en la que Carmen Machi interpreta a una Inspectora de Hacienda. Celeste recibió esta misma semana un Premio Ondas.
Yakarta supone el vaciamiento de la experiencia cómica de sus anteriores proyectos. Esta semana salieron las nominaciones a los premios Feroz y Yakarta está nominada como mejor drama, lo cual es justo lo que es. Un drama excelente.
Frente a Javier Cámara se encuentra Carla Quílez, que tampoco está feliz y por eso juega al Badminton. El personaje de Cámara encuentra en ella una potencial campeona. No por lo bien que juega (aunque juega bien) sino por la rabia con la que lo hace. Porque el personaje de Cámara ha aprendido que no hay manera de ganar si no estás jodido, si no lo estás pasando mal, si no te sientes cómo la última mierda de planeta.
Y de eso va Yakarta. De si ganar es ganar cuando ganar sustituye estar bien. No existe ninguna relación entre ganar y estar bien o entre perder y estar mal y esto la serie lo cuenta con sencillez, con inteligencia y, sobre todo con sensibilidad… Pero también con la estructura de un secreto.
Yakarta tiene la misma estructura que Perdidos. Igual que la serie de J.J. Abrams sobre la ciencia y la fe en un contexto de desorientación emocional profunda...
Pequeño aparte. Sí, Perdidos no iba de perderse en una isla, amigas y amigos, sino de la naturaleza del misterio y la relación entre misterio, conocimiento y sentido. Bueno, no nos entretengamos. Fin del pequeño aparte.
La estructura de las dos series es la de un iceberg cuya parte oculta es parecida al corte transversal del tronco de un árbol. Una sedimentación de acontecimientos profundos y heridas que producen la parte visible. La serie lo único que va haciendo es mostrarte ciertos pistas de todo aquello que hay debajo, en la parte oculta, y deja que vayamos explorando desde la parte visible a la oscura.
Pero al contrario que Perdidos consigue que su secreto no sea el tema de la serie, sino más bien un terrible Mcguffin.
El Mcguffin es una herramienta para que la acción avance. Puede ser una llave, unos planos o… Una terrible verdad que ha obligado a los personajes a iniciar un viaje del que sólo conocemos un veinte por ciento y a través del mismo sabremos del resto.
Eso es lo que permite un cierre tan complejo y, a la vez, tan satisfactorio. Soy incapaz de decir si Yakarta acaba bien y maldita la falta que hace. No necesitamos que algo complejo y emocionante termine bien igual que no necesitamos ganar para ser ganadores, o que perder no nos convierte en perdedores.
Vivir no es conseguir cosas, tampoco es perderlas. Eso son solo cosas, a veces terroríficas que nos pasan viviendo. Vivir es algo que Yakarta sitúa en otro lugar. Un lugar más tranquilo, dónde las cosas no son medios para un fin que se consiguen o no, sino que tienen sentido en si mismas. Es una búsqueda de la satisfacción, del orden vital. De darle un sentido a aquello que te ha pasado, que te ha herido, pero ni te ha matado, ni te ha roto para siempre.
Es, además, una serie descomunal.
Ah, y sale un concurso de dobles de Julio Iglesias, algunas de las mejores cafeterías de carretera del país y un agaporni.
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