Opinión
La desaparición de la realidad y sus virus

Periodista y escritora
No me gustaría tener que lidiar con un virus navegante en este mundo actual sediento de catástrofes, alimentado con distopías e inmerso en la total descomposición de los códigos comunicativos y sociales conocidos hasta ahora. Ayer alguien desde alguna institución pronunció la palabra Ébola y nos devolvió la imagen de aquella enfermera llamada Teresa Romero, "la primera persona contagiada fuera de África", allí sentada en la silla de ruedas, con su jersey de lana blanco, rodeada de enfermeras. Pero ese tiempo ya no es el nuestro.
Entonces había algo a lo que llamábamos "realidad virtual" y no se refería a lo que se ve a través de unas gafas, sino a todo lo que estaba detrás de la pantalla del ordenador. La realidad "virtual" era lo opuesto a la realidad "real", o sea la de siempre. Lo que llamábamos realidad "virtual" incluía desde una conferencia online hasta un vídeojuego, un chat para conversar o cualquier retransmisión a través de internet.
El presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias, Fernando Clavijo, ha inventado la existencia de unas ratas nadadoras que podrían llegar, según él, hasta las costas tinerfeñas para sembrar de muerte y caos la isla. Puede inventarlo porque tiene los medios para difundirlo, las personas dispuestas a creerle, una tierra abonada de incertidumbres.
Desde el Ministerio de Sanidad le responden que no son ratas las que transmiten el hantavirus, sino ratones patagónicos, y que los ratones patagónicos no nadan. Pero todos los informativos abren con recuentos de contagios, variantes existentes, síntomas y cuarentenas, y en el subconsciente colectivo —si algo sigue llamándose así— el coronavirus baila un tango con la gran nevada llamada Filomena.
Nos damos cuenta sin querer, incluso con cierta oposición por nuestra parte, de que la covid marcó un antes y un después en nuestra percepción de la realidad. Pero no fue exactamente la pandemia, no fueron el confinamiento ni las desescaladas. Fue la comunicación.
Recuerdo la conmoción que supuso el "sacrificio" del perro de Teresa Romero. El animal se llamaba Excalibur y vimos concentraciones ciudadanas protestando por aquella muerte. De eso hace nada, sucedió en 2014. La manera en la que nos asomábamos a las televisiones para seguir los acontecimientos, en lugar de a las redes tiene que ver con la hegemonía entonces de los medios tradicionales.
Nuestra manera de comunicar la realidad modifica la realidad misma. Porque la realidad "real" ya no se diferencia de la "virtual", son la misma cosa. Es más, la mayoría de nuestros menores viven más horas al día dentro que fuera de las pantallas. Y esa es ni más ni menos su realidad. Podríamos ponerle calificativos y haríamos el ridículo.
En aquella época, los medios de comunicación tradicionales eran los que dictaban "la realidad". Los que decretaban qué sucedía y qué no. El cambio profundo que hemos vivido desde entonces, y que tuvo su punto de inflexión con la pandemia, nos deja con la sensación de que en esos tiempos conocíamos "la realidad", y ya no. No me refiero a un detalle u otro, un dato u otro, sino al que sabíamos lo que significaba la palabra "realidad". Deberíamos admitir que ya no mucho, o nada.
Esa es la razón por la que, por más que insistan algunos medios en ofrecernos datos, cifras y contagios sobre el hantavirus, por más que políticos y políticas de uno u otro partido intercambien dimes y diretes, la población permanece inmutable, quizás con la sensación de que esa pantalla ya la hemos pasado.
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