Opinión
La divina providencia judicial como recurso

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
Asistimos a un tiempo de equidistancia y antipolítica. Hablamos de ruido provocado, al mismo nivel, por quienes violan los derechos humanos y quienes tratan de defenderlos, incluso con la boca pequeña. Es tan sencillo como eso, pero este argumento básico contra la equidistancia derrapa en unas redes sociales y debates públicos plagados de gritos, bulos y manipulaciones: los inmigrantes violan a “nuestras” mujeres, los hombres gais son “pederastas”, “con Franco” vivíamos mejor, el feminismo busca la “superioridad” de la mujer sobre el hombre, las instituciones son nidos de corrupción… Toda la frágil arquitectura construida en torno a la igualdad de derechos y oportunidades, del cacareado humanismo, se derrumba hoy sin haber sido conquistada siquiera, y lo hace a golpe de fascismo en España y en Europa. Un siglo ha pasado y estamos en las mismas del XX, aunque algunos se lo tomaran a broma cuando brotaron síntomas alarmantes. Ahora lo sufren en carne propia y les cuesta creer tanta crueldad antidemocrática incrustada en un Estado que nunca hizo una Transición digna de la mayúscula y de tal nombre.
Las casualidades en política no existen y ante un Poder Ejecutivo con respiración asistida y un Poder Legislativo que ya apostó por la (ultra)derecha pese al maltrato del PP a Junts (síndrome de Estocolmo, desesperación patológica o imbecilidad manifiesta, le dicen), en España gobierna una élite judicial sin control, el extremo recurso del fascismo criado y mimado a los pechos de un Partido Popular que nunca aceptó, en realidad, la alternancia política y, no digamos, el aterrizaje en el Consejo de Ministros de partidos de izquierdas que van más allá de la muy tibia socialdemocracia española, la de un PSOE monárquico y católico de facto que se ha visto obligado a tragar con sus propios demonios para seguir gobernando. Y que Sánchez terminó digiriendo sin problema, todo sea dicho.
¿Qué podía hacer un PP al que las urnas negaban la mayoría absoluta sistemáticamente para formar Gobierno porque su único aliado es un esqueje venenoso de él mismo al grito impúdico de “reconquista”, “feminazis”, “dictadura de género”, “radicalismo climático”, “toros” o “caza”? ¿Qué podía hacer frente a una escisión alimentada y financiada por movimientos internacionales que pretendía devolverlo a sus esencias ultraconservadoras sin complejos? Podía entregar la política a unos juzgados de clase educados para mantener el orden, la ley y una disidencia justita; unos juzgados volcados en devolver al régimen del 78 a un PSOE descocado y en mantener las costuras pactadas en esa Transición que no merece tal nombre, insisto, ésa donde el privilegio manda y las cartas quedaron marcadas hace 50 años.
Admitámoslo: no hay más efectivo blanqueamiento y bendición de la acción política que la ratificación y bendición de las más altas instancias judiciales y sus santas puñetas a través de sentencias ejemplarizantes e indicadoras del camino a seguir. Y es una decisión arriesgada por parte del PP entregar descaradamente la labor de oposición a la exquisita elite judicial, pero a Feijóo nunca le quitaron el sueño los extremismos ni los escrúpulos a la baja, por más que fuera de Galicia triunfara un constructo del presidente del PP que nunca ha sido y que fue mimosamente elaborado con medios de comunicación bien controlados y mejor financiados.
Ante la impotencia de ese Feijóo que no consigue echar a Pedro Sánchez de La Moncloa ni quemándolo vivo en una orgía de difuntos, la descarada agenda judicial ha tomado el relevo de las informaciones periodísticas y de la alternativa política de PP y Vox que desconocemos, aunque intuimos. Filtraciones presuntamente delictivas de la intimidad de los inocentes hasta que se demuestre lo contrario, manipulaciones y confusión a golpe de descontextualización de las causas, titulares de informes policiales debidamente aderezados con vergonzantes inferencias y deducciones de los agentes fuera de Derecho y de los derechos elementales, autos y anuncios judiciales que contraprograman la agenda del Ejecutivo una y otra vez o la inoculación en la opinión pública del virus más pernicioso en democracia -intentar hacernos creer que el ritmo de una investigación judicial es el equivalente a una sucesión de hechos demostrados- está condenando nuestra convivencia a la deserción institucional, a la antipolítica y al fascismo ante la impotencia -que antes fue complacencia, cobardía y dejadez- del muy escaso poder democrático. Dios en el cielo y los jueces en la tierra, la clásica providencia española.
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