Opinión
¿Y la épica humanista?

Por Marta Nebot
Periodista
¿Cómo es posible que vuelva la épica de la carrera espacial sin rastro de la del fin del hambre, del fin de las guerras, del fin de este mundo tan mal repartido? ¿Cuándo renacerá la épica humanista? ¿Cuándo terminará la penitencia por el desastre comunista? ¿Cuándo dejaremos de abortar en nuestras cabezas la posibilidad de mejorar como especie en serio, en el adjetivo que la define? ¿Y por qué lo hacemos: por escepticismo, cinismo o el peor catastrofismo de todos, el que no cree que los seres humanos seamos capaces de cuidarnos unos a otros? ¿Y cuánto es nuestro y cuánto inducido? O preguntado de otro modo: ¿cuánto nos dejamos hacer o nos deshacemos solos?
Como todos, no he podido evitar al Artemis II y su viaje a la cara oculta de la Luna, su hito histórico, el otro capricho de Trump -a pesar de su drástico recorte a la NASA en sus investigaciones sobre el cambio climático-. Y mientras me salpicaba su épica, aun siendo consciente de que va sobre todo de plantar primero la bandera estrellada, pensaba en todo esto.
Sí, vale: tengo hambre de una épica mejor (de la que no sirve solo para uno mismo), pero seguro que somos muchos hambrientos de ella. Lo confirma el éxito de la literatura de autoayuda. Tengo la sensación de que sin esa épica vivimos desnutridos, medio humanos, a la deriva en manos de otros... La noche de los zombis se ha instalado. Bienvenidos a mi pesadilla.
Y es que cuando hablamos de las cosas del comer no pensamos en la épica aunque sin ella también vamos por la vida famélicos; con un hambre menos tangible, menos fulminante, más paradójica.
Vivimos sobreestimulados. ¿Perdidos en la satisfacción inmediata e infinita de los apetitos? Pero más allá de los sentidos y de su poder subyugante y anestésico, de nuestra adicción a sentir más y más, de clic en clic, de compra en compra, de estímulo en estímulo, tenemos conciencia y, consciente o inconscientemente, nos dice si somos mejores o peores a cada rato, con cada acción, con cada omisión y eso no va sobre lo que vemos o tenemos. Me leo y sé que todo esto es muy obvio.
Sin embargo, lo que quiero decir es que la buena conciencia, el amor propio ejecutado, la convicción de vivir y hacer por alguien más que nosotros mismos es la gasolina invisible que tal vez no estamos atesorando, que trasciende lo material y no podemos comprar en Amazon ni en ningún supermercado. Es un súper poder desaprovechado.
Es verdad que ahora parece que no hay nadie vendiéndola -sin sesgo religioso- para que la especie humana por fin vuelva a dar grandes pasos para sí misma y no solo para unos pocos.
La épica de la buena, la que no beneficia solo al épico y sus compatriotas, tiene efectos inmediatos, en todas las escalas. Pregúntenle a cualquier voluntario. En España, más del 10% de la población. Este tipo de épica hace dormir mejor, proporciona sentido y eso, como mastercard, no tiene precio.
Y para que este artículo no parezca un pastiche de atea criada en el cristianismo, volveré a la actualidad, al glutamato intelectual que nos desnutre todo el rato...
¿Cómo es posible que creamos sin pestañear que acabaremos viviendo en Marte, que dejaremos de trabajar, que seremos inmortales, pero no seamos capaces de dar una oportunidad a la paz, como hicieron muchos, cantando o no, no hace tanto? También parecía imposible el fin de la esclavitud, el voto femenino o parar la guerra del Vietnam...
¿Qué escepticismo es éste que no deja lugar ni a la duda sobre posibles avances en humanidad, que convierte a los que la planteamos en ingenuos ridículos? ¿No vale la pena explorarla aunque solo sea como tentativa? ¿No tiene todo el sentido dejar que esta posibilidad anide en las cabezas aunque sea un momento, a ver qué pasa? ¿Podríamos volver a imaginar grandes cambios, como se hizo con resultados increíbles una y otra vez a lo largo de la historia?
La épica es un género narrativo caracterizado por narrar de forma grandilocuente las hazañas heroicas y legendarias de héroes o guerreros fundamentales para la cultura de los pueblos, según el diccionario. Siempre fueron y serán metas que perseguir, maneras de contarnos que podemos ser mejores y ¿hay algo mejor que el bien común? Las metas personales nunca serán tan épicas como las colectivas.
Somos muchos, muchos, los que vivimos hambrientos de épica social, de legendaria humanidad, los que nos fabricamos pequeñas épicas personales con las que agrandar nuestras vidas, con las que contestarnos nuestra pregunta diaria sobre cómo estamos, cómo vivimos, o si estamos o no orgullosos de nosotros mismos.
Empiezo a pensar que esa épica personal es el pilar de todas las vidas, una necesidad básica de la que poco se habla. De aunar esos pilares depende que renazca una epopeya humanista que termine con esta silenciosa hambruna de humanidad, con esta noche oscura solo medio humana.
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