Opinión
No gentrifiquemos la turistificación

En una viñeta de Tommy Siegel vemos una apretada fila de caminantes, con las mochilas al hombro, recorriendo con lentitud una senda de montaña, desde la que se ve un glaciar, con un esbelto pico detrás. Varios van en deportivas y en chanclas y tienen detrás a una pareja que lleva botas y cara de fastidio. El hombre comenta a la mujer: "There’s too many people here, but I’m not one of them". Hay mucha gente aquí, pero yo no soy uno de ellos.
Uno se identifica con ese hombre con facilidad. El propio Tommy Siegel comenta en su página de Instagram que la inspiración para la sátira fue él mismo: "Tuve exactamente el mismo pensamiento que el chico mientras visitaba un parque nacional abarrotado". Probablemente lo hayamos tenido todos los viajeros de Occidente del siglo XXI, cuando en Chichén Itzá o en Cinque Terre, en la Alhambra o en Angkor Wat, la agobiante muchedumbre de la que formamos parte nos estropea el atardecer o la contemplación tranquila de los mocárabes. Alguno particularmente esnob resuelve la incoherencia diciendo o diciéndose variaciones de eso de que uno no es turista, sino viajero. Él no está allí por estar; él sí se lo merece; él sí tiene la sensibilidad necesaria para apreciar el glaciar, el atardecer, los mocárabes.
No hay mucha gente furiosa contra la turistificación que no haya sido jamás turista ella misma; no hay mucha a la que le fastidie que Málaga o Barcelona o Gijón se llenen de pisos turísticos y tiendas de souvenirs cutres, pero nunca haya sido inquilino de airbnb o comprador de baratijas en Atenas o Bangkok. Los humanos somos así: incoherentes, aprovechateguis. Y cuando, ahora, reclamamos que las riadas turísticas del mundo se desequen, no solemos estar dispuestos a renunciar a nuestra gotita de turismo personal; al placer de viajar. Los horteras que deberían quedarse en casa siempre son otros: "A lot of people should leave here, but not me". Un poco como cuando se dice, entre bromas y veras, eso de que habría que limitar el voto, porque no puede ser que valga lo mismo el voto de un fan de El hormiguero que el mío. Uno nunca se mete a sí mismo en el cupo de los vetados por el nuevo sufragio censitario, igual que nunca se imagina siendo siervo de la gleba cuando se imagina viviendo en la Edad Media. Por lo que sea, todos nos imaginamos siendo condes, duques, caballeros, repanchingados dueños de un castillo. Y los condes, duques y caballeros de hoy se pueden aprovechar de nuestro engreimiento.
Hay muchas grandes reivindicaciones de la izquierda de hoy de las que no calibramos bien el riesgo que corremos de que se cumplan en contra nuestra, o de lo que teóricamente somos y representamos. La crítica del turismo contemporáneo es una de ellas. La racionalización del turismo es una necesidad imperiosa del siglo XXI, climática en primer lugar: nada contamina tanto como los cruceros y los aviones. Pero las soluciones que se proponen (prohibir los cruceros, pero no los yates; encarecer los aviones) se parece con demasiada frecuencia al regreso a un mundo en el que viaje poca gente, y esa gente sean los ricos; a la época del Grand Tour, cuando los aristócratas británicos recorrían Europa, y ninguna muchedumbre les molestaba por el camino, porque allí solo estaban ellos, encantados de contemplar y fotografiar la pintoresca miseria de los pastores peloponesios o los gitanos del Sacromonte. El movimiento obrero conquistó después, en un penoso combate de décadas, la posibilidad de que también viajáramos los demás; que tuviéramos tiempo libre y dinero para hacerlo. De que, dos siglos después, el tataranieto del lord siga viajando, pero el del bandolero que lo asaltaba en Sierra Morena ahora también pueda irse a Mallorca en un vuelo barato de Ryanair, y le apetezca. Y esa conquista hay que conservarla.
Si hay que dejar de viajar, que dejemos de viajar todos. O todos o ninguno. El sueño de un mundo en el que los hijos de los mineros no nos alejemos de casa más de treinta kilómetros, para no pasarnos con la huella de carbono, y Elon Musk y Taylor Swift sigan cogiendo el jet privado para ir de una orilla a otra de la bahía de San Francisco, procuremos dejárselo a otros.
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