Opinión
De ésta acabamos con el paro
Por Juan Carlos Escudier
Las “dolorosas” medidas contra la crisis tomadas por el Gobierno no están hechas para impacientes. Pongamos por caso la reforma laboral, con la que, sino inmediatamente, se aventuraba que contribuiría a crear empleo estable, aunque para ello hubiera que subvencionar el cose de los despidos. Aprobada el pasado año, algunos ansiosos suponían que veríamos sus frutos en el actual ejercicio. Craso error. No esperen que sea en 2012, que bastante tendremos con que no se acabe el mundo y desdecir a los mayas. ¿En 2013? Pues va a ser que no. ¿Y en 2014? A esas alturas, si todo va bien, la tasa de paro será del 16%. “Es un ritmo que nos gustaría acelerar” ha dicho Elena Salgado a la vista de sus nuevas previsiones macroeconómicas. Abróchense los cinturones.
Las cifras tienen una lógica implacable ya que, en contra de lo que se proclama, el objetivo prioritario de la política económica no es crear empleo sino reducir el déficit público al 3% en 2013, que es curiosamente la única previsión inalterable en el cuadro macroeconómico del Ejecutivo. De acuerdo a este esquema, no debe de extrañar que se reduzca a la mitad el estimado repunte del consumo de los hogares, habida cuenta de que los parados consumen poco, y que se confíe nuestra recuperación a las exportaciones a otros países, donde la gente compra más porque trabaja.
Como puede apreciarse, el ajuste y las reformas se han hecho esencialmente para contentar a los mercados, a Bruselas y a Angela Merkel, y nos mete en la dinámica de la pescadilla que se muerde la cola: si la creación de paro se estanca, se crecerá menos y si hay menos crecimiento la recaudación fiscal se resentirá, lo que pondrá en peligro la reducción del déficit y, de paso, allanará el camino para nuevos y “dolorosas” ajustes.
Cabe esperar por tanto que las voces que tachaban de insuficiente y poco ambiciosa la reforma laboral crean llegado el momento de desgañitarse para ser oídas. Ahora que el Financial Times propone elevar a Zapatero a los altares por su coraje, no estaría de más plantear un modesto monolito al Estatuto de los Trabajadores. In memoriam.