Opinión
A esos, ni agua
Por Marco Schwartz
El 4 de mayo se inauguró en el Museu Marítim de Barcelona una exposición de las que no dejan impasible al visitante. Se titula Aguas, ríos y pueblos, y consiste en un inquietante recorrido audiovisual por los grandes atropellos que en nombre del desarrollo se han cometido, y se siguen cometiendo, contra la fuente primordial de la vida: el agua. La exposición hace especial hincapié en las consecuencias que tales acciones acarrean en términos medioambientales y humanos. Las fotos de la insurrección popular de Cochabamba (Bolivia) en el año 2000 contra la privatización del servicio del agua, o del desplazamiento forzoso de cientos de miles de personas por la construcción de la faraónica presa Las Tres Gargantas, en China, constituyen en ese sentido testimonios de enorme valor documental y pedagógico.
Quizá el elemento más interesante de la muestra es su planteamiento de fondo: la exigencia de que el acceso al agua potable se incluya en el catálogo de derechos humanos. Una campaña en la que está embarcado desde hace tiempo el impulsor de la exposición, el catedrático Pedro Arrojo, que en 2004 obtuvo el premio Goldman –considerado el Nobel de la ecología– por su compromiso en defensa del medio ambiente. Tres países latinoamericanos (Bolivia, Ecuador y Uruguay) ya incluyen el agua como derecho humano en sus nuevas constituciones. El reto es que los emulen la ONU y otros estados. En estos momentos hay unos 1.000 millones de personas (el 17% de la humanidad) que carecen de servicio de agua potable. Y unos 2.500 millones (el 40% de la población mundial) viven sin las instalaciones sanitarias básicas.
Uno de los Objetivos del Milenio de la ONU consiste en reducir a la mitad en 2015, con respecto a 1990, el número de personas sin acceso al agua y a las infraestructuras sanitarias. Los expertos coinciden en que ya resulta casi imposible alcanzar esa meta, entre otras razones porque el impresionante incremento demográfico ha arrojado millones de nuevos pobres al planeta. Pero, en el fondo, no se trata de un problema demográfico, sino de la incapacidad para mejorar el mundo que entraña un modelo económico basado en la voracidad del beneficio inmediato y en un concepto de desarrollo que desconoce la mínima compasión.