Opinión
Ajo y sida
Por Ciencias
CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL
Quizá muchos de ustedes no reconozcan el nombre de Matthias Rath. Se trata de un médico que se ha hecho de oro vendiendo píldoras multivitaminas por Internet como tratamiento contra el sida. Y todo gracias, aparentemente, a no demasiados escrúpulos, o quizá a un conocimiento de esta enfermedad que raya en la ignorancia. Y no solo eso, sino que asegura que los tratamientos estándar son tóxicos y peligrosos. Si no fuera porque el contenido vitamínico de sus pastillitas es muy superior al permitido en muchos países, ahora estaría aún más forrado.
Como todo pseudocientífico que se precie, ha inventado su propia fuente de ingresos, perdón, terapia: la medicina celular. Enfermedades como el sida, el cáncer (así, en genérico), los problemas cardíacos o infartos se curan con sus pildoritas que vende bajo el paraguas siempre convincente de lo natural.
Su fundación, que denuncia “las prácticas comerciales de la industria farmacéutica y su negocio con la enfermedad”, centra su negocio en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Holanda, Sudáfrica, España, Francia y Rusia. ¿Alguien pilla la ironía? Es obvio que su lema “responsabilidad por un mundo sano”, ilustrado con fotografías de niños africanos, no es muy compatible con los 500 euros al mes que cuesta su tratamiento natural, a base de lacasitos, para los habitantes de esos países del primer mundo que carecen de una Sanidad en condiciones.
El chollo lo encontró hace unos años en Suráfrica con la entonces ministra de Sanidad (¡y ginecóloga!) Manto Tshabalala-Msimang, que mostraba una clara desgana por los retrovirales mientras cantaba las alabanzas del ajo, la remolacha, el limón, el aceite de oliva y la patata africana como “cura” para esta enfermedad.
En Suráfrica hay 5 millones de infectados con el VIH. ¿Se podrá cuantificar alguna vez el daño provocado por esta ministra? ¿Podrá ser juzgada algún día por crímenes contra su pueblo? Por mi parte, tanto a la señora Manto como al presunto médico Rath les obligaba a probar su propia medicina. Les inocularía el –para ellos– inexistente VIH y luego vería si tomaban sus ajos y vitaminas o pedían los retrovirales. No habría prueba más concluyente.