Opinión
El arte de alimentarse
Por Manolo Saco
El otro día os hablaba de los comentarios previsibles a determinadas noticias, como cuando leí que el Grupo Socialista iba a solicitar derechos fundamentales para los grandes simios. Esas respuestas, tantas veces predecibles, sobre todo con temas de tan fácil lucimiento, suponen todo un estudio sociológico, un análisis del estado de opinión de determinados sectores sociales y culturales.
En los diarios electrónicos a veces me suscitan más morbo los comentarios de los lectores que las noticias por sí mismas. Volvió a ocurrirme días después cuando un cónclave de 560 cocineros y críticos de todo el planeta, reunido en Londres, concedió a El Bulli, el restaurante de Ferrán Adriá en Roses, el título de mejor restaurante del mundo. Creo que a pié de página no faltó a la cita ningún tópico, aunque bien temprano uno de ellos ya marcó el camino para que lo más granado del ingenio universal se desatara a continuación, según avanzaba la jornada: “¿A un restaurante que te ponen media uña de comida le llaman wena cocina??? jajaja, total que prefieren comerse medio gramo de pechuga de canario a llenarse con un buen Churrasco a las dos salsas... en fin”.
Este tipo de comentario contiene todo el desparpajo, la frescura y el atrevimiento de la ignorancia (no sólo culinaria) que, amparada en el anonimato, a nadie tiene que rendir cuentas personales. Si les pusieras delante un Kandinski, un Miró o el mismo Guernica de Picasso podrías grabarle comentarios de parecida enjundia cultural. Pongamos por caso: “¿Un cuadro que parece pintado por mi hija de cuatro años??? jajaja, total que prefieren una mancha y cuatro rayajos a una foto de la Naomi Campbell en pelotas... en fin”.
Lo que subyace es el concepto de la utilidad del arte (no os podéis ni imaginar lo cursi que les puede parecer la poesía, por ejemplo), incluida la propia definición de arte, en un mundo en que sólo lo útil tiene valor, y no digamos nada en una cultura que llama arte del toreo a la tortura de un toro en la plaza.
Sería ocioso explicarles que ya en las cavernas prehistóricas, unos hombres cocinaban churrasco con la caza y se lo comían a dos carrillos al amor de la hoguera, mientras se reían del cursi que perdía el tiempo pintarrajeando las cuevas con escenas de caza que hoy consideramos obras maestras de la Humanidad. Cómo explicarle que entre su restaurante favorito de churrasco a dos salsas y el restaurante de Ferrán Adriá media el mismo camino que separa al tinto en tetra brick Don Simón del Chateau d’Yquem o del Vega Sicilia. Cómo decirle, sin herir su escasa sensibilidad, que el churrasco es para alimentarse de rico colesterol, mientras que el Bulli es un museo, una biblioteca, una sala de conciertos, un teatro, una iglesia, donde el arte, además de entrar por los ojos y los oídos, penetra por la nariz y la boca.
Con Machado diríamos que es gente que “desprecia cuanto ignora”. Alguien que, con los sentidos despiertos, libre de prejuicios (y un bolsillo bien provisto, desde luego), haya gozado de una experiencia gastronómica en El Bulli, nunca más volverá a confundir la nutrición con el arte, ese juego de texturas, aromas, sabores, ese tropel de sorpresas que se esconden tras cada bocado inventado por el genio de Ferrán Adriá.
Eso sí, el churrasco es mucho más grande que el arte minimalista del mejor, sin duda, cocinero del mundo.