Opinión
Bacterias en salsa verde
Por Ciencias
Microbiografías// Jorge Barrero
La ciudad de México es una de las más pobladas del planeta; y ya lo era hace 500 años, cuando se llamaba Tenochititlan. La capital Azteca, edificada dos siglos antes de la llegada de los españoles sobre un islote del lago Texcoco, llegó al medio millón de habitantes justo antes de que las huestes de Hernán Cortés la arrasaran.
Las aves acuáticas y la pesca constituían los principales aportes de proteínas en la dieta de los primeros mexicanos, pero llegaron a ser tantos, que tuvieron que completarla con otro producto del lago, el tecuitlat; un alimento tan extraño llamó la atención del cronista López de Gomara “una cosa molida que se cría sobre el agua de las lagunas de México, y se cuaja, y que ni es yerba, ni tierra, sino como cieno”.
Este barro verdoso y nutritivo esta compuesto por millones de células del microbio Spirulina máxima. Spirulina pertenece a un grupo de microorganismos a los que, por su capacidad fotosintética y color, se ha denominado erróneamente algas verdeazuladas, aunque en realidad son bacterias. La distinción es importante, porque las algas son relativamente recientes en la historia de la evolución.
Las cianobacterias, por el contrario, el grupo al que pertenece la Spirulina, son criaturas casi tan antiguas como la vida en la tierra; e hicieron respirable su atmósfera mucho antes de que las plantas modernas –y las algas– aparecieran. De hecho, las algas son más parecidas a nosotros que a Spirulina.
Completamente ajenos a esta digresión académica, los aztecas consumían el microbio en tortas que, según el propio López de Gomara, tenían un sabor salado y consistencia similar al queso. No eran los únicos: el alimento había sido descubierto también por una cultura africana, los habitantes del Kanem, en el norte del Chad. Tradicionalmente los kanembous fabrican con Spirulina un bizcocho llamado dihé.
Desde la década de 1960, la bacteria se produce industrialmente para uso alimentario en varios países en desarrollo, como alternativa a la agricultura en las proximidades de lagos salinos; pero también en occidente, donde se ha popularizado como suplemento nutricional.
En España podemos encontrarla en Doñana, a donde llegó transportada por aves migratorias desde las lagunas volcánicas de África oriental. Quizá no sea el último vuelo de Spirulina. La NASA estudia la posibilidad de cultivarla para alimentar a los astronautas en los viajes espaciales de larga duración.