Opinión
Bajo los adoquines, la playa
Por Nativel Preciado
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Empiezo el año dando la matraca con la frase más emblemática de Mayo del 68: “Sous les pavès, la plage” (Bajo los adoquines, la playa). Me paso media vida en Almería, muy cerca de Carboneras, donde he visto construir ese monstruoso hotel de hormigón –20 plantas y más de 400 habitaciones– incrustado en la playa del Algarrobico, invadiendo los terrenos del Parque Natural del Cabo de Gata. Los ecologistas de Greenpeace han ganado otra batalla. La última sentencia de la Audiencia Nacional confirma definitivamente que El Algarrobico se levantó en una parte de la zona protegida. De manera que, en caso de proceder a su demolición parcial o total, quedará probado que bajo el pavimento y el ladrillo estaba realmente la arena de una playa paradisíaca.
Cuarenta años después de las barricadas de Mayo, una pequeña porción de la utopía se ha hecho realidad. Para que se cumplieran todos los sueños habría que derribar el resto de las urbanizaciones ilegales que invaden el litoral español, causan problemas medioambientales, provocan la desaparición de la arena, contaminan la orilla del mar y, en definitiva, alteran el ecosistema de forma irreversible. Así se acabaría con “la moral del todo vale” que Esperanza Aguirre atribuye erróneamente a los ideólogos del 68 y, sin embargo, les va como anillo al dedo a esos promotores insaciables que, conchabados con determinados alcaldes repartidores de licencias ilegales, han amasado fortunas a base de alicatar las playas del Mediterráneo. De vez en cuando, por suerte, aparece un juez competente y eficaz dispuesto a poner fin a la impunidad de los depredadores del ladrillo que se pasan de la raya. Inmorales son los especuladores urbanísticos y los políticos corruptos, no los estudiantes que hace cuatro décadas se enfrentaron con el totalitarismo.