Opinión
El barranco
Por Antonio Caballero
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No sé cómo va últimamente la discusión sobre los desenterramientos de las víctimas de la represión franquista para la recuperación de la memoria histórica, ni en qué ha parado el caso particular de Federico García Lorca. Y no entro a tomar partido. Por un lado está la vieja y terca tradición hispánica del culto a los cadáveres: doña Inés de Castro desenterrada para reinar después de muerta; el catafalco de Felipe el Hermoso paseado por media España por doña Juana la Loca; la reina Mercedes cargada por cuatro duques mientras Alfonso XII la buscaba en vano “por las calles de Madrí”. De esa necrofilia vienen episodios tan curiosos como el de que en la tumba de Goya se hallaran dos osamentas, o el de que Colón esté enterrado a la vez en la catedral de Sevilla y en la de Santo Domingo, a lado y lado de su ancha Mar Océana. Y, claro, el demencial descuartizamiento del cuerpo incorrupto de santa Teresa en las sacristías de Castilla.
Pero, por otro lado, está la aún más antigua y universal tradición de enterrar a los muertos: paz a sus tumbas. De ahí que con razón, sean reclamadas para que sean devueltas a la tierra las momias desenterradas de indios americanos, de aborígenes australianos o de faraones egipcios convertidas en piezas de museo etnográfico.
El tema es amplio.
Pero, volviendo al caso de Lorca, encuentro una propuesta interesante. En una carta de hace medio siglo, la escritora francesa Marguerite Yourcenar le cuenta a Isabel García Lorca cómo fue en taxi desde Granada para ver el barranco de Víznar, y lo describe diciendo: “Me volví para contemplar aquella montaña desnuda, aquellos plegamientos perpendiculares del barranco por donde debieron discurrir antaño los torrentes de la prehistoria, y la Sierra Nevada en el horizonte, y me dije a mí misma que cabe envidiar a su hermano por haber comenzado su muerte en aquel paisaje de eternidad. No cabe imaginar más hermosa sepultura para un poeta”.