Opinión
El canfranero, Hereu y Morales
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla
Desde que los primeros raíles arañaron Europa, se soñó con enlazar Madrid y París por ferrocarril. El mayor inconveniente era atravesar los Pirineos, concretamente, el tramo de línea que une Zaragoza y Canfranc, de casi 180 km con rampas de hasta el 20%. A dicho tramo se le llamó el canfranero y quien lo ideó y sobre todo financió arruinándose en el empeño fue un personaje insólito: Narcís Hereu Matas, farmacéutico gerundense que hizo su fortuna en la guerra civil… ¡norteamericana! Había emigrado allí en 1857; regresó a Europa rico; desde París gestionó su proyecto; tuvo que volver a América tras la ruina (en Nueva Orleans colaboró en la gestación de otro portento: su hijo Rudolph, padre de la cirugía vascular) y terminó rematando su sueño en 1928 con el presidente francés y el rey español inaugurando la línea en la estación de Canfranc. La gloria le llegó al canfranero con la Segunda República, pero la guerra civil, esta vez la española, y la posterior Gran Masacre Mundial dejaron agónica la línea internacional. La falta de pasajeros y un accidente la liquidaron en 1970.
El universo es esencialmente un hervidero nuclear. De las estrellas nos llegan lluvias de partículas en forma de rayos cósmicos. Si se desea medir lo más elusivo a un detector de radiación, por ejemplo los neutrinos, la materia oscura o, simplemente, las dosis de radiactividad más bajas concebibles, hay que resguardarse de los rayos cósmicos.
Es como tratar de escuchar el canto de un pájaro posado en la grada de un estadio de fútbol cuando el equipo local vence por un gol marcado en la prórroga. Lo mejor para ello es apantallar los detectores con roca, o sea, instalándolos en el fondo de las minas o… ¡en un túnel del canfranero! Esa fue la idea de Ángel Morales, catedrático de la misma retahíla que quien firma esto: instalar un laboratorio de baja actividad con una protección de 880 metros de roca, todo el Tobazo, por encima. Los primeros acarreos de personas y material se hacían en una furgonetilla sin ruedas y con llantas adaptadas a los raíles oxidados del tren. Pronto, Morales (que murió en 2003) y su cuadrilla de jóvenes físicos se toparon con ecologistas taponando la puerta del túnel exigiendo explicaciones sobre las pruebas nucleares secretas que allí se tramaban. Con información y paciencia se solucionó el asunto y hoy el laboratorio del Canfranc es una instalación científica de prestigio internacional que busca respuestas cosmológicas. Quien crea que este es un país de pocas iniciativas y escasos pioneros, que piensen en Hereu, Morales y el canfranero.