Opinión
Ceuta y Melilla
Por Joan Garí
Los incidentes en Melilla han vuelto a poner de actualidad la precaria situación de las plazas africanas de soberanía española. El ardor con que las reivindica Marruecos recuerda, punto por punto, la antigua excitación del franquismo con Gibraltar, que hoy sólo parece reverdecer a título puramente nostálgico. Se aducirá, con más o menos acierto, que son dos asuntos diferentes, puesto que Ceuta y Melilla fueron españolas mucho antes de la formación del reino marroquí actual. Eso es cierto, pero también lo es la evidencia de que esas dos cabezas de puente pertenecen a África y están enclavadas, como cuñas dolorosas, en el territorio de otro país. Creo que si juzgamos inaceptable que el Reino Unido conserve Gibraltar contra viento y marea deberíamos comenzar a sospechar que la situación de Ceuta y Melilla no puede ser mantenida in aeternum.
De todas las maneras posibles de arreglar este asunto, la última que se me ocurriría es la que tuvo lugar la semana pasada, con Esteban González Pons y José María Aznar tirando de vuvuzela rojigualda ante los provocadores del otro lado de la frontera. Da la casualidad de que esos dos insensatos no son unos ciudadanos cualquiera: uno es portavoz habitual del PP (aunque sus habilidades resaltarían más en un circo) y el otro fue, aunque parezca increíble, presidente de este país. Si estos tipos son los encargados de asegurar la españolidad de Ceuta y Melilla, creo que la población de origen hispánico de estas dos ciudades debería ir pensando en que otro lugar les gustaría pasar unas largas –muy largas- vacaciones.