Opinión
El chico, la chica y el malo
Por Antonio Baños
Una pregunta tonta. ¿Por qué al pobre Bush cuando salió con toda su ilusión a explicarnos aquello de la destrucción masiva nosotros, los buenos, no le creímos? ¿Y por qué a Obama el hawaiano le decimos amén Jesús a todo este tartarinesco cuento del señor Laden? ¿Es porque Obama es guapo y progre? Un poco sí, pero hay otro argumento que puede tener su interés. El lunes, en esa versión pakistaní de La Moraleja llamada Abbottabad, ocurrieron dos cosas: un asesinato y un colapso periodístico. Sobre lo segundo, lo más destacado ha sido el acriticismo mediático. Aquí, en presuntolandia, donde a menudo nos asaltan fiebres garantistas, nos hemos abalanzado a engullir todo lo que nos contaban la “autoridades” y las “fuentes del Pentágono”. Ningún medio tituló “Obama asegura” o “supuestamente murió” Las dudas hubiesen hecho a la cabecera descolgarse del coro, perder velocidad. En el periodismo de hoy, la duda, en lugar de ser la razón misma de su existencia, se ha convertido en un lastre. En vez de ser el método, es peor que un error: una debilidad. A la duda se le llama conspiranoia.
En ese sentido, el martes día 3 escuché en una importante radio española, la crónica entusiasta de dos de sus corresponsales en USA que describían el asalto con la ilusión de un día de reyes. El locutor mostró una razonable prevención ante la falta de pruebas; actitud que fue contestada por la airada corresponsal con un clarividente: “Aquí nadie las pide”. Pues no las damos.
Desde que la CNN inventase eso de: “Está pasando, Lo estás viendo” el periodismo se ha deslizado hacia la narrativa. Bush proponía en Irak el trailer de una nueva película y, como en todo estreno, uno es libre de juzgar si acepta o no la propuesta de “suspensión de la incredulidad” que supone hoy todo discurso oficial. Lo del señor Laden, sin embargo, era el final lógico de una costosa serie por capítulos: El malo actúa, se le persigue y, al final, se le mata. Todos creímos a Obama porque su relato encaja con las leyes de la narrativa, no necesariamente con las de la verdad factual. La película de la Guerra contra el Terror, nacida en clave cinematográfica, concluía así en happy end. Detener el fluir del relato, analizarlo críticamente, sería como apretar el pause antes del beso de los protas: un fastidio. Los periodistas, de entomólogos sociales, hemos pasado a la función lírica de cantores de gesta.