Opinión
La ciencia-ficción
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear, Universidad de Sevilla
Una buena parte de los científicos y otra proporción, quizá aún mayor, de la población de (supuesto) alto nivel educativo menosprecian la ciencia-ficción. Quien esto suscribe no es entusiasta, ni de lejos, de tal género literario o cinematográfico, pero sostiene que no sólo no es despreciable sino que forma parte de la cultura en pie de igualdad con otros géneros. La llamada ciencia-ficción trata de cómo imaginarios descubrimientos científicos, desarrollos tecnológicos, acontecimientos futuros y cambios sociales pueden afectar a la humanidad. Pongamos un ejemplo bien conocido de cada uno de los cuatro casos anteriores: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson (ciencia); 2001, una odisea del espacio, de Arthur C. Clark y de Stanley Kubric en su versión cinematográfica (tecnología); El planeta de los simios, de Broyles, Korner y Rosenthal (acontecimiento histórico) y 1984, de George Orwell (cambio social). Son novelas, cuentos y películas de los que se puede decir cualquier cosa excepto que son obras menores dentro del acervo cultural de la humanidad. ¿Que hay mucha basura en la ciencia-ficción? Pues claro, pero seguramente en un porcentaje parecido al que hay en la música, la arquitectura o cualquier otro arte. Porque recordemos en todo momento que estamos hablando de literatura, no de ciencia.
Podíamos llegar incluso a dar cierto valor científico a la ciencia-ficción. Jules Verne seguramente ha despertado más vocaciones científicas que infinidad de profesores de enseñanza media (fue mi caso). En Moby Dick de Hermann Melville o en Guerra y Paz de Tolstoi, podemos encontrar explicaciones pedagógicas acertadas del ferromagnetismo y del cálculo infinitesimal.
Por otro lado, muchas admoniciones morales les han venido a los científicos por parte de obras de ciencia-ficción. Algunas incluso totalmente erróneas, como, sin ir más lejos, la de la obra que quizá fue la fundadora del género: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, donde se alerta sobre la vocación fáustica del científico. Así, es tremenda la desesperada recomendación que contiene la obra al clamar su protagonista: “… ¡Adiós, Walton! Busque la felicidad en la paz, evite la ambición, aun aquella, inofensiva en apariencia, de distinguirse por sus descubrimientos científicos”. Afortunadamente, los científicos no sólo hacemos caso omiso a la autora sino que procuramos conseguir justo lo contrario.
Desde que Tito Lucrecio Caro (96-55 aC) escribiera el más hermoso poema de argumento naturalista de la literatura universal, De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas), hasta el último producto hollywoodiense tipo la saga de Aliens, los científicos tenemos que estar agradecidos a muchos creadores literarios, en particular los de ciencia-ficción. Y ellos a nosotros.