Opinión
El científico y el poeta
Por Ciencias
-Actualizado a
EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
En cierta ocasión, Paul Valéry le preguntó a Einstein si, cuando se le ocurría una buena idea, la apuntaba inmediatamente por miedo a que se le olvidara, y éste contestó: “Cuando se me ocurre una idea realmente buena, no podría olvidarme de ella aunque quisiera”. ¿Tenía Einstein mejor memoria que Valéry, que sí solía apuntar sus ideas? No necesariamente.
Lo que ocurre es que una idea científica se inserta en una estructura conceptual sólida y bien definida, donde las formulaciones tienen significados precisos. Toda idea científica prolonga o refuta un corpus de ideas anteriores bien articulado, y es difícil olvidar algo cuando sus antecedentes y su contexto se recuerdan con toda claridad. El contexto y los antecedentes de una idea poética no son menos importantes, pero sí más difusos. Se puede definir con gran exactitud la forma en que Newton desarrolla la física de Galileo, pero no (al menos de momento) la manera en que Valéry prolonga y afina el simbolismo de Mallarmé.
Pero podría haber otras razones para el olvido de una idea poética (en el más amplio sentido del término), razones similares a las que suelen borrar de la memoria los sueños o los chistes. Y es que, al igual que los sueños y los chistes, toda idea nueva es en cierto modo subversiva, puesto que, por su misma novedad, cuestiona alguna idea anterior o aspira a superarla. Y si es cierto que dentro de cada cabeza hay un censor que persigue implacablemente los conceptos capaces de alterar el orden establecido (tanto el interno como el externo), las ideas novedosas podrían estar amenazadas por mecanismos de olvido tan eficaces como los que nos impiden recordar ese chiste que nos contaron ayer mismo o esa pesadilla que nos obligó a despertarnos en mitad de la noche.
¿Y las ideas científicas? ¿Acaso no son tan potencialmente “subversivas” o más que las ideas poéticas? Desde luego que sí; pero, por una parte, se desarrollan en un ámbito de supuesta asepsia, al margen (al menos en principio) de consideraciones éticas o personales; y, por otra, como ya hemos visto, surgen en un contexto más claramente definido y articulado, y la memoria funciona por asociación. Por eso Lewis Carroll, poeta y matemático, solo utilizaba su nictógrafo (un aparato ideado por él que le permitía escribir en la oscuridad) para apuntar sus geniales juegos de palabras y ocurrencias literarias. De sus elucubraciones matemáticas, al igual que de sus adoradas niñas, no podría haberse olvidado aunque hubiese querido.