Opinión
Qué hacemos con los colchones
Por Nativel Preciado
-Actualizado a
Ahora que empezábamos a practicar la austeridad, nos incitan a consumir en un intento desesperado de salvar a las empresas amenazadas de muerte por la crisis. Vale que en esta dulce Navidad nos veamos forzados a comprar un poco más de comida, ropa, libros, juguetes, adornos y otros regalos navideños, aunque vayan envueltos en aparatosos embalajes que se convierten en residuos contaminantes. Lo absurdo es que para evitar la desaparición de la industria automovilística y, por consiguiente, la destrucción de numerosos puestos de trabajo, nos piden que compremos más coches, a pesar de que contaminen la atmósfera, no quepan en las ciudades, provoquen atascos kilométricos en las autopistas y consuman excesivo combustible. Para no ocasionar más despidos, hay que dar salida a esos coches que colapsan el espacio de las grandes fábricas y de los concesionarios. El Gobierno de Bush ha inyectado 14.000 millones de dólares para que no se hundan empresas que han dejado de ser competitivas, como la Chrysler y la General Motors. ¿Qué sentido tiene apuntalar, con el dinero de los contribuyentes, esas gigantescas fábricas en vías de extinción?
¿Cuáles son las reservas globales de petróleo? ¿Qué sucedería si la mayoría de los ciudadanos chinos cambiasen las bicicletas o el transporte público por vehículos individuales? Están en su derecho, pero el planeta no podría soportarlo. Hace tiempo que nos anuncian la llegada de nuevas energías que sustituirán definitivamente a los combustibles fósiles. Llevamos medio siglo proclamando las ventajas de la sociedad del conocimiento y de la innovación, pero en la actual etapa, la más crítica, nadie sabe dónde se ocultan los cerebros capaces de ofrecer soluciones alternativas a una economía que está al borde de una quiebra caótica.