Opinión
Un colegio clandestino junto al frente de combate

Por Alberto Sicilia
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- ¡Hazme una foto a mí solo!
- ¡No, a él, no!, ¡la foto a mí!
Mustafa y Ahmed se abalanzan a empujones sobre el desconocido que acaba de entrar en clase. El resto de sus compañeros estalla de risa tras los pupitres.
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El frente que divide la Ciudad Vieja de Alepo es uno de los más violentos de la guerra civil siria. Francotiradores de ambos bandos se esconden en las azoteas que dominan estas diminutas callejuelas.
A un centenar de metros, un elegante palacete de la época otomana sirve de escuela improvisada para los niños del barrio.
Desde el patio central, ocultas bajo un arco de medio punto, nacen las escaleras que nos conducen hacia el segundo piso. Allí encontramos la clase que dirige Abu Ahmad, un joven de 22 años que estudiaba Ciencias Químicas hasta que la guerra estalló en Alepo.
Junto a dos amigos, Abu Ahmad abrió esta escuela para los chicos de su barrio: "Los colegios oficiales ya no funcionan por culpa de la guerra. Muchos de estos niños han perdido familiares y han visto gente muerta. No podemos dejar que se queden en casa sin interaccionar ni aprender con otros críos".
"Los traemos a este edificio porque sus muros son lo bastante gruesos para protegernos de los morteros y la artillería."
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Las escuelas públicas de la zona rebelde de Alepo son amasijos de escombros. Los rebeldes utilizaron algunos de esos edificios como cuarteles para sus soldados y el regimen los bombardeó con la aviación.
En todos los barrios de la ciudad, grupos de jóvenes universitarios han comenzado a organizar escuelas clandestinas para los más pequeños. Ninguno cobra un salario por esta tarea. "Bastante recompensa es ver reír a estos niños entre tanto sufrimiento cotidiano".
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Cuando Abu Ahmad anuncia el recreo, Mustafa y Ahmed son los primeros en saltar de sus pupitres y lanzarse escaleras abajo, voceando su alegría con los brazos en alto.
Segundos después, en el patio diminuto ya se juegan tres partidos de fútbol simultáneos. Bueno, en realidad lo que hay son tres balones y cada jugador cambia de partido y equipo a conveniencia: lo único que importa es patear el balón que pase más cerca.
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Para mí nada ilustra mejor lo que deberán afrontar estos pequeños como la mezcla de sonidos en aquel patio: por un lado, el zumbido constante de francotiradores y artillería en uno de los lugares más sangrientos del planeta. Por el otro, el jolgorio, los gritos y las risas del recreo más cotidiano.
¿Cómo crecer sobre una intersección imposible?
Nota: esta es la cuarta entrega de la serie "Retazos de Alepo en guerra". Puedes leer las tres primeras aquí.