Opinión
El control de los alimentos espirituales
Por Manolo Saco
Los más pesimistas anuncian una hambruna de características casi medievales en los países del tercer mundo, debido a la carestía de las materias primas y a la globalización (únicamente) de la miseria. Se calcula que al menos ya dos mil millones de personas tienen como primera preocupación diaria el despejar la incógnita de qué van a comer o beber en las próxima horas. Mientras, en el primer mundo, saciados ya desde el desayuno, muchos continuamos con la costumbre de utilizar las estanterías de las tiendas de alimentación, más como un sustituto de la farmacia o del gimnasio que como un lugar donde hacer provisión de alimentos para nutrirnos.
Si el ser humano es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir, en las sociedades acomodadas ha conseguido el milagro de comer para adelgazar, beber para engordar, para ir al baño con más facilidad (el ministro de Sanidad acaba de confesar que se toma a diario un par de cucharaditas de aceite para aligerar el intestino), para luchar contra el colesterol, para mantener a raya la tensión arterial, para fortalecer los huesos...
Resultan incomprensibles los severos controles para aprobar un medicamento cuando cualquiera puede vender en el supermercado alimentos que se anuncian por sus dudosas cualidades medicamentosas, aceites de girasol contaminados aparte.
Todos ellos pueden prometer el paraíso dietético por la cara, mientras endurecemos las exigencias con los sanadores, curanderos, adivinos, echadores de cartas, médiums y demás vendedores de supuestos servicios espirituales. Una directiva de la Comunidad Europea (2005/29/EC), que todavía no cumplimos en España, obliga a estos vendedores de ilusión a advertir previamente a sus clientes que lo suyo no tiene ningún aval científico y que no es más que un simple entretenimiento.
De las religiones no dicen nada, porque “está probado científicamente” que el vino se convierte en sangre en la misa, el cerdo nos hace impuros a los ojos de Alá, y el pescado no kosher, el que carece de aletas y escamas, es tóxico. Comer para creer.