Opinión
Cuatro frases terribles
Por Ciencias
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
Al muy influyente filósofo Herbert Spencer le dio por defender tan encendidamente la teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace que osó ampliarla. Pero eso sí, sin viajar, observar ni experimentar. Este artista fue el que inventó lo de la supervivencia del mejor adaptado, la lucha por la vida, la supremacía del más fuerte y otras zarandajas de ese jaez. Esto se hizo tan popular, que el propio Darwin tuvo que salir al paso escribiendo sobre Spencer: “Su manera deductiva de tratar cualquier asunto es completamente opuesta a la mía… Sus generalizaciones quizá tengan algún valor filosófico, pero no tienen ningún valor científico”. Era la manera educada de un caballero inglés como era Darwin de decir que lo de Spencer eran paparruchas. Pero ¡ay, cómo prosperaron esas paparruchas!
Trate el lector de adivinar quiénes profirieron, mejor dicho, perpetraron las tres terribles frases siguientes: 1) “Si deseamos cierto tipo de civilización, debemos exterminar la clase de gente que no encaje en ella”. 2) “El crecimiento anormal y cada vez más rápido de los débiles mentales y dementes constituye un auténtico peligro para la nación y la raza. Creo que debería aislarse y sellarse la fuente que alimenta el torrente de demencia antes de que transcurra otro año”. 3) “La calidad de nuestra dotación hereditaria es cien veces más importante que la disputa entre el capitalismo y el socialismo”. Las tres frases, en su contexto, se apoyaban en la evolución por selección natural, cuando en realidad lo que hacían era interpretar tan magna teoría al modo de Spencer y otros filósofos. Lo aterrador de las frases es la correspondencia con sus autores. La más, digamos suave, la 3, es la de Adolf Hitler. La 2, más burda e inquietante, fue de su acérrimo enemigo: Winston Churchill. Y la 1, la más estremecedora, es de George Bernard Shaw, el Nobel de Literatura.
Recientemente, se ha pronunciado una cuarta frase de la estofa de las anteriores: “La inteligencia de los negros es inferior a la de los blancos”. Una de las pruebas es que “quienes tratan con empleados negros lo saben”. La diferencia con las anteriores es que quien la ha largado ha sido un científico, Watson, nada menos que uno de los descubridores del ADN. Pero lo ha hecho al modo de Spencer, es decir, porque sí, sin base alguna, porque si hubiera llegado científicamente a tal conclusión, habría sido merecedor de un segundo Premio Nobel. Watson no ha actuado como un científico, sino como un simple racista.
Es obligatorio formarse una opinión sobre las consecuencias de la ciencia para protegernos de delirios como los anteriores. Por ello, la democracia exige que la comunidad científica explique honestamente sus avances a nivel popular, que los periodistas los transmitan y que los ciudadanos estén al tanto de ellos. Y en eso estamos.