Opinión
Que se cumpla la ley divina
Por Manolo Saco
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Ya en la infancia conocí cuán difícil resulta seguir las senda que conduce nuestros pasos hacia el Paraíso. Hasta una humilde peseta podría adquirir el tamaño de una piedra que desviara el rumbo hacia tu condenación eterna.
Precisamente una peseta era el tesoro que mi madre había perdido, agazapado en una pata de la mesilla de noche, que ni varias oraciones a San Antonio, que todo lo encontraba (hasta novio), supieron descubrir. Vigilé durante varios días el tesoro para asegurarme de que ni el santo milagrero conocía su paradero.
Un día me pulí la peseta en dos canicas de barro y un pirulí de la Habana. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, así que acudí inmediatamente, todavía con los labios tapizados de caramelo pecaminoso, a confesar mi fechoría. El sacerdote (todavía vive, lo que demuestra que no soy un tipo rencoroso) no me dio la absolución hasta que no restituyese lo robado. Invocaba para ello un “principio de restitución” imposible de cumplir por mi parte, pues sólo su dios sabía cuándo volvería a ver otra peseta. Pasé una noche de terror, incapaz de conciliar el sueño por si la muerte me alcanzaba durmiendo.
Recordaba este pasaje tenebroso el otro día cuando supe que el cordón umbilical de Javier había servido para curar una enfermedad genética de su hermano Andrés. Se había logrado tras concebir a Javier en pecado, o, lo que es lo mismo, mediante selección embrionaria, con la oposición frontal de la Iglesia.
Supongo que el cura terrorista, invocando el principio de restitución, habrá negado el perdón a los padres hasta que no reparen el mal. ¿Y cuál es el mal? Que la ciencia ha sabido corregir la torpeza criminal de su dios.
No os extrañe, pues, oír la voz de un cura, un día de estos, pidiendo que maten a Javier para que se cumpla la ley divina.