Opinión
Que no cunda el pánico
Por Nativel Preciado
-Actualizado a
Hay una indignación latente entre la juventud. De pronto, estalla en forma de revuelta, como en Grecia, y la gente de orden se escandaliza y empieza a buscar los tres pies al gato. Dicen que la muerte de Alexandros Grigoropoulos, por disparos de la Policía, no es suficiente motivo para quemar Atenas. Culpan a los antisistema, porque están a la que salta para ganar adeptos a la causa de la rebelión. Cualquier disculpa es buena para estos grupos insurrectos que reciben consignas por Internet, se camuflan entre los candorosos manifestantes y aprovechan la coyuntura para incendiar coches, cajeros, papeleras, cabinas y comisarías. La autoridad se vuelve incompetente, no logra evitar la barbarie, aumenta la represión y la protesta se extiende, como un fantasma que recorre Europa.
Cuando llegamos a “cierta edad” miramos con indulgencia hacia un pasado en el que nos sentimos heroicos. El afortunado que presume de haberse “hecho a sí mismo” es comprensivo con el ganador y despiadado con el perdedor, porque cree que ambos se merecen su destino. Por eso son implacables con el desánimo de una juventud que vive un presente hostil y un futuro sombrío. Tuvimos la esperanza de que el mundo fuera más estable, justo y digno para nuestros hijos, pero les dejamos inmersos en el caos financiero, el desbarajuste laboral, la degradación ecológica, unos salarios de miseria, diversos cataclismos políticos, y lo más reprobable, una doctrina que aún sigue vigente: la ley del más fuerte y del sálvese quien pueda.
Que no cunda el pánico. No voy a defender a los salvajes ni a los pirómanos. Sólo digo que los jóvenes lo tienen crudo y en cuanto salta una chispa se incendian. Les pedimos, además, que encuentren soluciones a los problemas que nosotros no hemos
sabido resolver.