Opinión
El dedo de Galileo
Por Ciencias
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
Este año no solo celebramos los bicentenarios de Darwin y de Poe, como os recordaba en mis dos columnas anteriores, sino también el cuarto centenario del telescopio de Galileo. Aquella noche de 1609 en que por primera vez el ojo humano contempló los cráteres de la Luna y los satélites de Júpiter (y luego las fases de Venus, los anillos de Saturno, las manchas del Sol...), bien podría considerarse el comienzo de la ciencia moderna, y en memoria de aquel hito histórico, 2009 ha sido declarado Año Internacional de la Astronomía. Aquel primer telescopio por el que los cardenales no quisieron contemplar la casta desnudez de la Luna también aportó la confirmación definitiva de la teoría heliocéntrica. Haec immatura a me iam frustra legunturoy, le escribió Galileo a Julián de Médicis en 1610, un anagrama cuyo significado oculto era: Cynthiae figuras aemulatur mater amorum. La madre del amor emula las formas de Cintia, es decir, Venus muestra fases como las lunares, algo incompatible con el enrevesado modelo ptolemaico.
En el Museo de Historia de la Ciencia de Florencia se conserva un dedo de Galileo en una urna de cristal, con una poética leyenda que nos recuerda que ese dedo señaló una nueva vía de conocimiento. Y el prestigioso químico y divulgador británico Peter Atkins, al dedicar un libro a las diez grandes ideas de la ciencia, lo tituló El dedo de Galileo, un homenaje a ese índice simbólico que señaló la puerta de salida del oscurantismo teocentrista. Cabe discutir si las grandes ideas de la ciencia son diez (pueden parecer pocas o muchas, según se mire), y si son precisamente las diez que Atkins propone (la evolución, el ADN, la energía, la entropía, los átomos, la simetría, los cuantos, la cosmología, el espacio-tiempo, la aritmética); pero, en cualquier caso, el libro está a la altura de su título e indica con precisión la arteria principal del conocimiento científico.
Este artículo podría terminar aquí; pero al hablar del dedo de Galileo no puedo dejar de pensar en aquel viejo proverbio zen que nos advierte que no hay que confundir la Luna con el dedo que la señala. Galileo no confundió la Luna ni los demás astros con el índice autoritario que pretendía señalarles su lugar en el firmamento. “La Tierra permanece inmóvil en el centro del universo”, sentenció la necedad purpurada (la misma que hoy condena los anticonceptivos y sostiene que los embriones son personas). Eppur si muove, replicó Galileo. Y esa réplica apenas susurrada hizo temblar los cimientos de la Iglesia más poderosa y prepotente de todos los tiempos.