Opinión
Defender la alergia (al poder)
Por Bob Pop
Miguel Díez (hermano de Luis Mateo, uno de mis novelistas preferidos) me enseñó literatura española en el colegio, a no creerme nunca nada sin pensarlo y dos máximas que después de tantos años no he podido olvidar. La primera, que abusar de los débiles es propio de canallas. La segunda, que la obligación de todo intelectual consiste en ser crítico con el poder establecido.
Pienso en Miguel mucho, casi a diario, pero en especial durante estos días, cuando he visto a los artistas españoles henchidos de tono/politono a costa de un ramplón poema del mediocre Benedetti como reivindicación de la alegría que da arrimarse al poder establecido. Ana, Víctor, Sabina, Almodóvar, Bosé y hasta Barceló -nuestro hombre en Mali- se han lanzado a las cámaras y se han puesto las cejas del Señor ZPock para convencernos de que no hay nada mejor que el mal menor, nada como las pequeñas alegrías para compensar la imposible felicidad.
Defender la alegría. (Save the gay mood). Contra la siniestra oscuridad ultramontana que ha pasado sobre nosotros y ha conseguido extirparnos la saludable reflexión y cierto descontento ante lo que no es el mejor de los mundos posibles, y que hace sólo un par de días les puso a huevo la cancioncilla con su idea de impedir que los maricones casados podamos adoptar hijos. Lástima que algunos de mis compañeros de colegio -hoy ideólogos del PP- no asistieran a clase el día que Miguel Díez nos dijo que abusar de los débiles era de viles.