Opinión
Defraudadores y drefraudados
Por Ciencias
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
Hablando del Hombre de Piltdown, decíamos el otro día que la comunidad científica ha sido con alguna frecuencia objeto de engaño. Ahora bien, ¿qué razones pueden mover a los defraudadores? Como en la novela negra, el sentido común sugiere, en estos casos, buscar entre los beneficiarios. No es raro, por eso, que en el asunto Piltdown las primeras sospechas recayeran con fuerza sobre el descubridor de los restos, William Dawson, quien no solamente había obtenido fama y provecho del hallazgo, sino que, incluso, había puesto su nombre, dawsonii, al presunto hombre fósil. El paleontólogo Stephen J. Gould propuso más tarde que Dawson tal vez imaginara, e incluso llegara a planear, el engaño, pero que necesitó contar con algún cómplice más avispado que él y más experto en las técnicas antropológicas. Sin disimulo, Gould apuntaba al ayudante en la excavación, el joven Pierre Teilhard de Chardin, pero sus numerosos argumentos no constituyen pruebas. Además, volviendo al móvil, ¿qué podía ganar Teilhard con eso? ¿Hubiera trabajado y escrito lo que escribió más tarde de haber comenzado su vida profesional con un fraude?
Más divertida es la acusación, señalada por alguno de los lectores, a sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. ¿Sus razones? Conan Doyle era un apasionado espiritista, convencido de las visitas a la Tierra de seres del más allá. Llegó, incluso, a fotografiar espíritus, o lo que él creía que lo eran, y eso motivó que fuera puesto en ridículo por los científicos del momento. Al parecer, decían ellos, toda la sagacidad de Sherlock Holmes y su capacidad para desentrañar misterios, eran pura credulidad en su creador. De acuerdo con la hipótesis que lo culpa, Conan Doyle, que vivía a unas pocas millas de Piltdown, se habría propuesto demostrar que los altivos y presumidos científicos también podían ser engañados. De ser verdad, habría tenido con su iniciativa tanto éxito como con sus novelas.
No sabemos quién perpetró el fraude de Piltdown (hay al menos una decena de sospechosos y evidencias circunstanciales apuntando a todos ellos), pero es preciso señalar que, para que la trampa funcione, también debe existir una cierta predisposición de los receptores a dejarse engañar. Los antropólogos británicos de principios del siglo XX querían apuntalar las ideas evolucionistas sobre el origen del hombre, pero también, íntimamente, anhelaban que el humano más antiguo fuera inglés, que el cerebro de nuestros antepasados fuera muy grande, que la inteligencia hubiera surgido en Gran Bretaña (para mayor divertimento, en la excavación apareció un instrumento que algunos interpretaron como un palo de cricket primitivo). El Hombre de Piltdown satisfacía todas esas expectativas. Humanos antes que científicos, ante un cebo tan apetitoso no pudieron sino picar el anzuelo.