Opinión
Los delincuentes de la nicotina
Por Juan Carlos Escudier
Dada la normalidad con la que, según las autoridades, estamos cumpliendo la ley antitabaco no dejan de sorprenden las circunstancias que han acompañado estos primeros días de su entrada en vigor. La primera tiene que ver con la oleada de denuncias, impulsada por una organización de consumidores y por la propia ministra de Sanidad, Leire Pajín, contra los transgresores de la norma, que se ha echado en falta en otras regulaciones. Es cierto que el fumador perjudica la salud de los que le rodean, pero también puede hacerlo y con trágicos efectos quien conduce mientras habla por el móvil, sin que Facua habilite un formulario para consignar la matrícula de estos infractores tan imprudentes.
El papel de vigilante asumido por esta organización resulta paradójico ya que los fumadores son también consumidores de un producto que se vende legalmente y que reporta cuantiosos ingresos fiscales. En tanto que consumidor, debería proteger al fumador como lo hace con los usuarios de lo que la propia asociación llama “productos defectuosos y peligrosos”. Si Facua aboga por la retirada de guirnaldas luminosas, disfraces inflamables y hasta de un gel de baño con forma de botella de cava por sus riesgos para el usuario, ¿no debería exigir de manera permanente la prohibición de un artículo como el tabaco al que se responsabiliza anualmente de la muerte de 50.000 personas en España?
La segunda circunstancia llamativa es la delimitación de las zonas prohibidas, que contrariamente a lo que opina la ministra, puede dar lugar a equívocos. Se entiende que el vehículo es una prolongación del domicilio particular, donde, que se sepa, los fumadores siguen teniendo permitido darle al Ducados. Ahora bien, está prohibido fumar, por ejemplo, en el aparcamiento de un hospital. ¿Podría un fumador ser denunciado en un formulario de Facua si le da al cigarrillo dentro de su coche o sólo si lo hace con las ventanillas abiertas?
Las exageraciones y las humillaciones siempre son contraproducentes. Los fumadores son víctimas de su adicción y de un Estado que siempre gana con ellos: si se les sube la cajetilla combaten con sus impuestos la crisis y si, a consecuencia de la subida, dejan de fumar, reducen el déficit al contener el gasto sanitario. Gente así no merecería ser tratada como delincuentes.