Opinión
Diario de excavaciones (II)
Por Ciencias
Por María Martinón-Torres, investigadora del yacimiento de Atapuerca
Cuando llegué en el 2003, Georgia estaba en el mayor bache desde su andadura possoviética. República independiente desde el desmembramiento de la antigua URSS, el asedio de Rusia seguía –y sigue– torpedeando el vuelo de un país celoso de su libertad.
En noviembre de ese mismo año estallaba la Revolución del terciopelo, en la que la gente de a pie provocaba la renuncia del presidente Shevardnadze, acusado de corrupción y promesas incumplidas. Generalmente suele haber un retraso entre los cambios políticos y su reflejo en el pueblo, a no ser que sea el propio pueblo el que promueve ese cambio y obliga a sus políticos a reaccionar. Jamás he visto cambiar tan rápido a un país.
Tiblisi era una ciudad oscura, lúgubre y desierta por la noche, de socavones en la carretera, falta de señalización y reglas, policía de movimientos sospechosos y retribuciones confusas, y cortes nocturnos del suministro de agua y luz. Desde entonces, no ha parado. Nuevo aeropuerto, enormes reformas e iniciativas en comercio y hostelería, nuevas carreteras, y una impresionante inversión en la cultura y su difusión. Por la noche, la ciudad tiene luz –si acaso abuso eufórico de neones– y sobre todo, gente.
Todavía queda mucho por hacer. Sales de Rustaveli, la gran avenida principal, y nada más doblar la esquina, sigue habiendo callejones sin luz, calles sin pavimentar, fachadas que se desgajan y todavía pobreza, el gran lastre universal. Pero aun en la oscuridad brillan otros rostros y titilan otros ojos: espejo del alma, dicen.