Opinión
Diario de excavaciones
Por Ciencias
Por María Martinón-Torres, investigadora del yacimiento de Atapuerca.
Ya hemos aterrizado en la tierra cálida. El verano es contundente también de noche. Es cálida en el nombre de su capital, Tbilisi (que deriva de la palabra tpili, que significa “calor”), y es el nombre que la leyenda atribuye a su fundador, el rey Vakhtang, a raíz del manantial de agua caliente en el que se escaldó su azor un día de caza. Es cálida en otro de los nombres que recibe el país. Desde el siglo V a. C. se sabe de la fundación en el este del territorio transcaucásico de un reino al que se bautizó Iberia o Kartli. Sigo sin encontrar una razón única y convincente de la coincidencia con el nombre que los romanos dieron a nuestra península, pero al llegar a Georgia y averiguar que estábamos también en Iberia fue como descubrir que tengo un hermano al que no conocía. Después conocí a los georgianos y comprendí que ese hermano era casi gemelo.
En el corazón del mapa, a las puertas de África, Asia y Europa, late un país de gentes mediterráneas, cálidas, hospitalarias, con un deseo ferviente de ser parte de lo que llamamos Europa –¡la bandera de la Comunidad Europea ondea en su Parlamento!– tan parecida a nosotros en el temperamento y en el humor que es más fácil creer en una comunidad mediterránea que en una europea. A un lado del control de pasaportes estamos parte de la expedición española: Pilar y Elena, restauradoras; Aida y Leyre, paleoantropólogas; Marc, paleontólogo; Eduardo, ilustrador científico. Al otro adivino la sonrisa de Zaza. Iberia del Este y del Oeste se dan nuevamente un abrazo.