Opinión
Doble lenguaje divino
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de Investigación del CSIC
Leo en Público que Stephen Hawking ha cubierto el último tramo de la peregrinación a Santiago, ha llegado hasta la Catedral, y poco después ha dicho que el universo está gobernado por leyes científicas, lo que no deja hueco para Dios ni los milagros. Parece un comportamiento algo contradictorio, ¿no? Pero, afortunadamente, todos compartimos esas sencillas contradicciones, pues dentro de cada cual conviven, con peor o mejor fortuna, las emociones y la razón. Lo que me llama la atención, en este caso, es la naturalidad con que aceptamos que las palabras de Hawking se ajustan a su pensamiento mejor que sus obras. Habitualmente ocurre al revés: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, o “una cosa es predicar y otra dar trigo”, expresamos para desconfiar de las garantías habladas; en mi juventud atribuíamos al Che la sentencia, que he visto asignada a otros, “la mejor manera de decir es hacer”, y el propio Jesucristo expresó rotundamente: “Por sus obras los conoceréis”.
A comienzos del siglo XVII Sir Francis Bacon, que era un gran diplomático, utilizó ese argumento del doble lenguaje (verbal y factual) para abrir puertas a la actividad científica en un mundo intelectual que aceptaba a ojos cerrados las Escrituras como fuente única de conocimiento, por tratarse de la palabra de Dios. Expresándolo con más cuidado y respeto que uno en estas líneas, Bacon vino a sugerir que, como Hawking, o como usted y como yo, Dios decía unas cosas pero hacía otras, y que tan respetables eran sus palabras como sus obras. Se refirió a la existencia de dos libros de sabiduría, el de la palabra, expresión de la voluntad de Dios, y el de lo creado, que mostraría su omnipotencia. Mucho se habían estudiado los textos sagrados y era justo investigar los hechos de Dios, clave para interpretar correctamente aquéllos. Según él: “(El análisis de la creación) abre nuestro entendimiento y afianza nuestra fe, impulsándonos a reflexionar adecuadamente sobre la omnipotencia de Dios, grabada de forma especial en sus obras”.
La teoría de “los dos libros” permitió, mal que bien, que hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando el lugar de Dios comenzó a verse crecientemente reducido, científicos y religiosos trabajaran juntos o se confundieran en uno. Porque Bacon no sólo evitaba forzar que las palabras y hechos divinos casaran, sino que consideraba “una necedad mezclar y confundir las dos doctrinas”. Quizás el agustino Gregor Mendel se sentía piadoso cruzando variedades de guisantes en el huerto de su monasterio, pues así contribuía a desentrañar la obra de Dios. A su muerte, sin embargo, el nuevo abad destruyó el huerto y quemó espeluznado los libros y anotaciones científicas de su predecesor. Él anteponía la palabra.