Opinión
Elijo al que me da la gana
Por Juan Carlos Escudier
A falta de listas abiertas o desbloqueadas, las primarías constituyen una de las pocas ventanas abiertas que oxigenan la vida pública, viciada por ese humo denso que expelen las burocracias de los partidos por el tubo de escape. La democracia consiste en que los representados puedan elegir a sus representantes, aunque aquí la moneda de uso corriente es que los elegidos lo sean por la dirigencia, y sus méritos tengan que ver con su ductilidad, obediencia, ausencia de escrúpulos, edad y género –que, a veces, son determinantes- o, simplemente, su mano con el café. Obviamente hay excepciones, pero es humano que los que mandan traten de perpetuarse rodeándose de quienes les deben todo lo que son y hasta lo que serán.
Los partidos que, aun a regañadientes, han implantado las primarias deberían sentirse orgullosos pero, en lugar de eso, abominan del instrumento porque complica la vida a los líderes y les fastidia los caprichos que tratan de darse con el simple movimiento de su dedo índice. No es ningún secreto que Zapatero ha debido de tirarse de los pelos ante la insolencia de Tomás Gómez de disputar a Trinidad Jiménez la candidatura de Madrid, aunque más increíble todavía es que al valenciano Alarte la fallida irrupción de Antoni Asunción le pareciera una maniobra contra la unidad del PSPV.
Lo que ya no tiene ni pies ni cabeza es que alguno de los aspirantes a candidato se niegue a debatir con su oponente con la excusa de que ambos representan el mismo proyecto, como viene argumentando la ministra de Sanidad para escurrir el bulto. En el mismo proyecto estaban, por poner un ejemplo, Carlos Solchaga y Alfonso Guerra, y nadie sensato podría sostener que hubieran actuado igual desde el mismo puesto. Los militantes tienen derecho a escucharles confrontar sobre educación, sanidad o transportes. No se trata sólo de decidir quién tiene más posibilidades de vencer al PP sino de conocer qué hará cada uno si es que gana.
No es verdad que la legítima pugna que suponen las primarias debilite a los partidos ante la sociedad. Desarma, eso sí, a esa perversa maquinaria interna que antepone las componendas o el resultado de una encuesta al criterio de los afiliados. Y eso, claro, es terrible para quienes sólo pueden prosperar haciendo política cuando todo el mundo huye de ella.