Opinión
Las emergencias, un bodrio legal
Por Juan Carlos Escudier
La regulación de los estados de emergencia no fue, desde luego, un ejercicio de virtuosismo de nuestros legisladores. La ley se aprobó apresuradamente tras el 23-F y la prueba de sus carencias es que no hubiera podido aplicarse contra la propia intentona golpista de Tejero. ¿Que por qué? Pues porque prevé que cuando se produzca o exista la amenaza de una insurrección, el Gobierno proponga al Congreso la declaración del estado de sitio, algo que obviamente no deja de ser un disparate cuando son los diputados los que están retenidos por los insurrectos. El ejemplo es bastante ilustrativo.
Con el estado de alarma viene a ocurrir algo parecido. No está previsto para resolver conflictos laborales y, desde luego, la movilización a la que han sido obligados los controladores aéreos tras el decreto del Ejecutivo no les asimila a la condición de militares, en la medida en la que no se restringen ninguno de sus derechos constitucionales. Mientras en el estado de excepción y sitio pueden ser suspendidas libertades como la de expresión, tránsito, reunión, manifestación o la inviolabilidad del domicilio, entre otras, en el de alarma ni siquiera se prevé privar a los afectados del derecho de huelga o de conflicto colectivo aunque pudieran estar en el origen de la emergencia.
Dicho más claramente, el Gobierno ha argumentado que prorroga el estado de alarma para impedir que la conflictividad laboral de los controladores altere el tráfico aéreo en Navidad, pero nada impediría legalmente a los mismos convocar ahora una huelga con el preceptivo preaviso de quince días. Si se diera esta circunstancia se produciría un hecho absurdo: sería el jefe del Estado Mayor del Aire, un militar que por su condición tiene vetada la posibilidad de hacer huelga, quien tendría que negociar con los controladores el alcance de los servicios mínimos y limitar, de esta forma, el ejercicio de su derecho a quienes sí lo tienen reconocido.
El Gobierno se encuentra en una difícil encrucijada. La emergencia no puede prolongarse indefinidamente ni impediría un eventual conflicto. Por mucho que lo retrase, no tiene otra salida que sentarse con los “sediciosos” alrededor de la misma mesa. Está metido de lleno en el cuento de Monterroso: cuando despierte, los controladores seguirán estando allí.