Opinión
Ser o estar de nuestro mundo
Por Ciencias
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
*Profesor de Investigación del CSIC
Una de las dificultades, no menores, para convencer a la sociedad de que debe conservar la naturaleza, es la insuficiente percepción de los servicios que nos presta gratuitamente. Les damos por garantizados, como si hubieran estado disponibles desde siempre y fueran a estarlo para siempre. Sin ir más lejos, respiramos trece veces por minuto, como dijo el poeta, pero jamás se nos ocurre pensar que el imprescindible oxígeno que llega a nuestros pulmones es un producto de desecho liberado por la actividad fotosintética de bacterias y plantas. Sin ellas, simplemente, no estaría. Hasta que apareció la fotosíntesis en el curso de la evolución, no había en la atmósfera oxígeno respirable. Y no fue un asunto de cuatro días; la situación duró casi 2.000 millones de años.
Muchos de nosotros oímos hablar de un paraíso terrenal donde todo estaba en orden y las necesidades de nuestros primeros padres satisfechas. Había sido creado así, y punto. Los mitos de muchas otras culturas sobre el origen del universo y del ser humano, aún muy diferentes entre sí, apuntan a una idea similar: mujeres y hombres accedimos a un mundo construido de una forma concreta y ya terminado, hecho. Eso nos induce a pensar, como en el título de Pío Baroja, que El mundo es ansí, no que el mundo esté ansí.
Se trata de una percepción equivocada. Las condiciones ambientales en que se desarrollan nuestras vidas están haciéndose día a día, no están prefijadas. El suelo no es fértil porque haya sido construido de ese modo, por ejemplo, sino porque está vivo; millones de seres vivos por centímetro cúbico, si consideramos las bacterias, descomponen los residuos y transforman los productos tóxicos en nutrientes para las plantas. Ni siempre ha sido de ese modo, ni existe garantía alguna de que tenga que seguir siéndolo.
Imaginando que el entorno es como debe ser, intuimos que no ha de cambiar, y lo más que se nos ocurre es que tal vez podríamos hacerle daño. Por eso hablamos de proteger a la naturaleza, como se habla de proteger a los niños o a los enfermos. Es una trampa semántica. La Tierra no es, por definición, un planeta casualmente amable para nuestra especie y tan delicado que necesite protección. Más bien está en una situación que nos viene bien, resultado de la interacción, minuto a minuto, de enorme cantidad de individuos de millones de especies, entre sí y con su entorno físico y químico. Si modificamos el escenario y eliminamos actores, pasará a estar de otro modo, ni mejor ni peor para el propio. Pero tal vez indeseable para nosotros, frágiles y dependientes, que no al revés.