Opinión
La evidencia cegadora
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla
Ja, ja!, barco mío. Ahora se te tomaría por el propio carro del sol. ¡Oh, naciones! ¡Todas a proa! ¡Os traigo al sol! ¡Un yugo sobre las olas, una yunta en el mar, y lo guío yo! Mas, sorprendido súbitamente por alguna idea contraria, corrió al timón, preguntando bruscamente qué rumbo llevaba el buque. “Este-Sureste, señor” –dijo asustado el timonel–. “¡Mientes! –dijo el capitán, dándole un puñetazo–. ¿Rumbo hacia el Este a esta hora de la mañana y con el sol a popa?” Al oírlo, todo el mundo quedó azorado, pues el fenómeno recién observado por Ahab se les había escapado, producto acaso de su misma cegadora evidencia. Metiendo casi la cabeza en la bitácora, Ahab dejó caer lentamente el brazo que tenía en alto. Las dos agujas señalaban al Este, pero el Pequod, indudablemente, iba con rumbo Oeste.
El pasaje anterior de Moby Dick culmina en una bella lección de ferromagnetismo práctico del capitán Ahab para solucionar el desaguisado que la tormenta de la noche anterior había hecho en la brújula del Pequod. Contiene pequeños errores, pero a la literatura no hay que pedirle información científica sino intuiciones que a veces son formidables. Lo más instructivo del párrafo anterior es el papel de la “cegadora evidencia”. Todo investigador científico siente a menudo el pasmo producido por el hallazgo de la solución obvia de un problema aparentemente complejo. Se siente incluso lo opuesto: una inmensa inquietud al descubrir que algo que hemos tomado por consabido en realidad presenta muchas facetas incomprensibles. A veces la cegadora evidencia nos lleva al más portentoso ridículo, como el que debió sentir August Weissmann que, enredando con los caracteres hereditarios, le cortó la cola a veinte generaciones de ratones y éstos seguían naciendo con cola. La señora Weissmann desveló la evidencia cegadora que habría evitado el cruel experimento de su marido: los judíos llevan circuncidando a los niños desde hace decenas de siglos y… nada.
El escepticismo librepensador, relacionado con el cuento del rey desnudo y compañero inseparable de la ciencia, quizá habría ayudado a los que creían en las armas de destrucción masiva de Irak, a los que piensan que la Estación Espacial Internacional dará algún fruto científico, que los banqueros daban créditos por compasión a los que no podían pagarlos y que algunos enriquecían más a otros ricos por compañerismo. También a los que aún creen que los huertos solares no son una engañifa que llena algunos bolsillos de subvenciones y al campo de futura chatarra. Y, en fin, a los que pensaban que en España se podía seguir construyendo más que en Europa indefinidamente y que los rusos quieren controlar nuestra energía sólo para ganar dinero. ¿El loco era Ahab o la tripulación del Pequod? ¿Es inevitable que el deslumbramiento de la evidencia cegadora nos lo quiten a puñetazos?