Opinión
Por la familia, ¿pero cuál?
Por Ciencias
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL
Ya lo decía Anton Ego, el crítico gastronómico de la película Ratatouille: “Sírvame un poco de perspectiva”. Si algo hemos aprendido desde que L. H. Morgan estudió a los iroqueses es que el etnocentrismo se encuentra a la vuelta de la esquina. No es raro el día que se escuche el soniquete de que se está destruyendo la familia, así en genérico, con tanta ley de divorcio y de matrimonio homosexual, que lo natural es lo de un padre, una madre y sus queridos retoños. Pues no. La familia conyugal monógama, nuestra conocida familia nuclear, no es, ni de lejos, ese universal tan proclamado. Es lo más común, eso sin duda, pero nada más. Y empezando por la que sirve a muchos de referencia, que no es Adán, Eva y su hijos biológicos, sino José, María y Jesús. Desde un punto de vista estricto de antropología del parentesco, el ideal de familia cristiano es una madre, su hijo biológico y un padre legal. Empezamos bien.
Si miramos a nuestro alrededor quitándonos las anteojeras culturales descubriremos que familias, lo que se dice tipos de familias, hay unas cuantas. Por ejemplo, para los Trobriand del Pacífico Sur el padre ni comparte sustancia ni consanguinidad con sus hijos: la fecundación sirve simplemente para darle el parecido, pero nada más. En esa sociedad matrilineal mi padre no es mi padre, sino el marido de mi madre. ¿Y qué decir de los nativos americanos Crow donde el padre, el hermano del padre (nuestro tío paterno) y el hijo de la hija de la hermana del padre (el hijo de nuestra prima hermana) se designan bajo el mismo nombre? ¿O el matrimonio entre mujeres en los Nuer del Sudán, donde los hijos llegan por relaciones extramatrimoniales? Para los Nayar, un pueblo de la costa Malabar, en India, el matrimonio es una ceremonia simbólica. Las mujeres casadas pueden tomar cuantos amantes quieran y los hijos pertenecen a la línea materna. La autoridad familiar no es del marido sino de los hermanos de la esposa. Los Na de China dan un paso más allá y prescinden del matrimonio y, por tanto, del marido. La libertad sexual es absoluta y los hijos son engendrados por visitas de los amantes (muchas tienen más de un centenar). Los vástagos no tendrán padre ni de hecho ni de derecho y viven en la casa del linaje de su madre.
Seguro que muchos sonreirán y, con cierto aire de superioridad, soltarán un “son sociedades primitivas”. Ya se sabe, los occidentales estamos por encima del resto moral y éticamente. ¡Faltaría más!