Opinión
Gallardón, después del infarto
Por Joan Garí
Cinco minutos después de que Río de Janeiro fuera la escogida como sede para las Olimpiadas de 2016, todo el mundo empezó a lanzar cábalas sobre el futuro de Alberto Ruiz Gallardón. Al parecer, al buen mozo se le auguraba un destino primordial dentro de su propio partido si Madrid era la ganadora. Como no ha sido así, a algunos les ha faltado tiempo para escribir la necrológica del alcalde, firmada y lacrada con lágrimas de cocodrilo. Columnistas “liberales” de mucho tronío lo daban por muerto, enterrado y olvidado. Pero, ¿es para tanto?
Me da la sensación de que queda Gallardón para rato (y digo rato, y no Rato: esto no es un juego de palabras). Escribo con cierta prevención. Si su suerte se sitúa a la altura de su ambición, este hombre podría llegar a ser, algún día, presidente del gobierno. Y algunos lo lamentaremos y les explicaré por qué. A mi Gallardón nunca me ha fascinado. Tiene ese aire de no haber roto nunca un plato y la gente de izquierdas, después de escucharle, siempre piensa: “Por fin alguien del otro campo con ideas razonables”. Por “ideas razonables” se refieren a sus posturas “progresistas”, que vamos a suponer que sean sinceras. Un hombre así, habitando la Moncloa, sería una catástrofe colosal, porque es posible que el sí sea realmente un político liberal (sin comillas), pero detrás tendría a la tropa chusquera de siempre que, ante cada ley con su firma, enarbolaría la risotada monstruosa y fachendosa de los reglamentos.
De manera que mucho mejor así. Sin el trampolín de las Olimpiadas, el efecto Maragall es más difícil. Pero permanezcan atentos.