Opinión
Grandes saldos
Por Javier Vizcaíno
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A partir del quinto copazo, podrán atreverse con calibres más gruesos. Hablen, como Carlos Dávila en La Gaceta, del orgullo gay. Digan, por ejemplo, que “el lobby es tan influyente, tan decisivo, que hasta los conductores de Metro, que desprecian a cuatro millones de madrileños, homosexuales, supongo, incluidos, se ponen de hinojos para que a los floritos no les falte de nada”. Y rematen, siguiendo a la cabeza más brillante de Intereconomía, tal que así: “Esto de que te gusten las cosas de siempre, las señoras y las cocochas incluidas, se está poniendo francamente difícil. Resultas un rijoso o un verdugo de merluzas”. Perfecta autodefinición.
Fútbol y erudición
Si lo que buscan es hablar de fútbol, pero sin caer en las vulgares discusiones sobre Torres o Llorente o el motivo del despiste de Casillas, lleven siempre a mano esta ganga despachada por Luis María Anson en El Mundo: “De los ocho mejores equipos del Mundial, cinco son iberoamericanos. Cuatro de habla española, para ludibrio de Carod Rovira. Y, además, Brasil, que durante 80 años perteneció a la Corona española y que fue evangelizado por el padre Anchieta hasta convertirse hoy en nación puntera del catolicismo mundial”. Ese quesito del Trivial será para ustedes.
Y también serán campeones si alguien propone encontrar las diferencias entre María Teresa Fernández de la Vega y Esperanza Aguirre. Sólo deben aprenderse de memoria lo que escribió en La Razón Cristina López Schlichting: “Las dos son rubias de bote, pero Esperanza no es pelo pincho. Las dos son delgadas, pero sólo una preocupantemente flaca. La una va de alta costura en plena crisis, la segunda se viste de Zara y llama la atención sin gastar”.
Para redondear su noche triunfal, dejen en el éter esta frase adquirida de lance al editorialista de Cope: “El divorcio express, la banalización del aborto o la difuminación legal del concepto de matrimonio impulsan una cultura hedonista y egoísta”. Saldrán a hombros.