Opinión
Las greñas en España
Por Antonio Baños
Hubo un tiempo en tierra hispana, antes de los gafapastas y pagafantas, en que los raros, los freaks del barrio, se dejaban melenas como único estandarte al viento de su soledad. Las chollas del heavy fueron, en este país, el primer grito de orgullo del marginado antes de que Pantene deconstruyera políticamente el concepto melena. Hoy, gracias a las políticas sociales, la greña es transversal e, incluso, antagónica. El ejemplo lo hemos tenido en la tele estos días. Mi madre y mi tía, profundas conocedoras del programa Saber y ganar de la 2, llevaban tiempo alertándome sobre Víctor Castro. Llegó el hombre a los 100 programas contestando, un poquito resumido, lo ocurrido en el planeta en los últimos 6000 años. Supimos después, que Castro tiene, amén de una ubérrima melena, dos filologías (una de ellas germánica) y casi un doctorado en lingüística. Como el lector habrá deducido por su currículo, el rapaz está en paro y en espera de alguna vacante.
En otra cadena, la greña lacia de Mario Vaquerizo se paseaba gloriosa y triunfante por aquel estado moral que se llamó el petardeo. Un lugar reducido a fantasmagórico sainete que se cree cosmopolita siendo, en realidad, zarzuelero. Vemos en la MTV a Vaquerizo y Alaska transitando por un mundo, entre Kansas y Navalcarnero que diría Cela, tan extraño y decadente que le hace a uno reflexionar sobre en qué ha quedado esa España creativa que nació restallante en los ochenta y que aún se arrastra, deformada y valleinclanesca, por nuestro imaginario. Ahí está Ramoncín, el primer punk, en una cadena católica; Loquillo ejerciendo el machotismo ilustrado y Alaska y Mario, prendados de Jiménez Losantos. Una España goyesca, de majas y señoritos de verbena entre Chueca y el Valle de los Caídos.
Si yo fuese un antisistema demagogo, destacaría aquí el cruel contraste entre las imágenes de Vaquerizo gastándose 20.000 euros en dos chupas y las de Víctor Castro que no recibió, durante su exposición televisiva, ni una miserable oferta de empleo. Pero no lo haré, porque la raíz y las puntas del problema son otras. La España peluda se debate hoy entre el vente p’a Alemania y el finde en Ibiza. Entre leer a Rilke o escuchar a las Nancys Rubias. Entre Unamuno y la Piquer. Algo debió salir mal en este país de nuevos ricos para que hoy volvamos a sentir, como ya cantó Machado, que una de las dos greñas nos helaría el corazón.