Opinión

Hannah Arendt y el 'juicio final' a Europa (I)

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Decenas de refugiados llegando en un bote lleno de agua a Lesbos.- OLMO CALVO

-Actualizado a

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"Una vez dejada su patria se convirtieron en personas sin hogar, una vez abandonado su estado de origen se tornaron en apátridas; una vez se les privó de sus derechos humanos dejaron de ser considerados como sujetos  con derecho, la escoria de la tierra. Nada de lo que se estaba llevando a cabo, sin importar cuán estúpido, sin atender al número de personas que lo sabía y que había advertido de las consecuencias, podía haberse revertido o prevenido. Cada acontecimiento tenía el carácter definitivo de un juicio final, un juicio que no habían emitido ni Dios ni el diablo, sino que parecía más bien la expresión de una irremediable y estúpida fatalidad".

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"La desnacionalización se convirtió en un arma poderosa de las políticas llevadas a cabo por los totalitarismos, y la incapacidad constitucional de las naciones-estado europeas para garantizar derechos humanos a aquellos que habían perdido los derechos garantizados por este sistema -el de la nación-estado- hizo posible que los gobiernos que perseguían a estas minorías impusiesen sus valores incluso a sus oponentes".

"El periódico oficial de las SS, el Schwarze Korps, afirmaba explícitamente en 1938 que si el mundo aún no se había convencido de que los judíos eran la escoria de la tierra pronto lo haría, cuando mendigos anónimos, sin nacionalidad, sin dinero y sin pasaportes cruzaran sus fronteras. Y es verdad que este tipo de propaganda de hechos consumados funcionó mejor que la retórica de Goebbles. No sólo porque catalogaba a los judíos como la escoria de la tierra, sino porque las tribulaciones a las que se veía sometido un grupo cada vez mayor de gente inocente eran como una demostración práctica de los cínicos alegatos que proferían los movimientos totalitarios sobre la no existencia de unos derechos humanos inalienables, y que, por el contrario, las afirmaciones de las democracias eran meros prejuicios, hipocresía y cobardía ante la cruel majestuosidad de un nuevo mundo".

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"Los tratados que abordaron la cuestión de las minorías recogían simple y llanamente lo que hasta entonces implicaba la lógica del estado-nación que estaba operando. Esto es, que sólo los nacionales podían ser considerados como ciudadanos, que sólo aquellas personas con un origen nacional común podían disfrutar de la protección completa que procuraban las leyes, que los individuos de distinta nacionalidad necesitaban una ley diferente hasta que fueran o mientras no fueran completamente asimilados por la nueva cultura o se divorciasen de la original".