Opinión
Nos hemos divertido como animales
Por Manolo Saco
Los sanfermines están a punto de cantar el “pobre de mí”. Dicen los entendidos que es uno de los festejos más famosos del planeta, aureolado por la admiración que supo inocular en escritores como Ernest Hemingway. Días raciales, de culto testicular al vino y al toro, los ingredientes totémicos sin los que, al parecer, es imposible organizar una maldita fiesta en España. Tanto es así que en todo el mundo la palabra castellana de Fiesta está asociada a la fiesta de los toros.
En esta semana me he desayunado cada mañana con la retransmisión en directo de los encierros que abren el día de los festejos pamplonicas. Y al mediodía me los enchufan inevitablemente en el telediario. Apenas unos minutos de locura desde su lugar de reclusión a la plaza, en una carrera apresurada de toros y mansos aturdidos por una jauría humana que los achucha, grita y palmea. Los animales están desconcertados. Los toros, también. Resulta imposible explicarles a estos últimos que la gracia consiste en su propio desconcierto.
Y como con los toros no se puede razonar, porque son muy suyos, la voz en off de los periodistas nos lo va explicando a nosotros. Por ellos he sabido que hay encierros “limpios” (sin sangre ni heridos) y encierros “elegantes” como he oído ayer. ¿Elegante un encierro? Me abalancé al televisor para ver en qué consistía un encierro elegante, pero es ahora el momento en que no sé exactamente a qué atribuirlo, si al pañuelo rojo de los corredores, si a los modelos de blanco impoluto, si a que la carrera colectiva se dirigía derecha a su destino sin dar tumbos por los efectos de un exceso de alcohol, o si los toros demostraban su elegancia innata pasando por alto la agresión estresante a que estaban siendo sometidos por aquella pandilla de animales. Los otros.
Se me quedaron secos los ojos por miedo a perderme la clave escondida de la elegancia de un encierro si parpadeaba. Pero si un tipo como yo es incapaz de ver el arte en esa salvajada conocida como corrida de toros, cómo iba a comprender la elegancia, mucho más sutil, de un encierro?
Pobre de mí.
Y lo que nos espera. Porque el verano español es pródigo en todo tipo de festejos con animales: toros, vaquillas, cabras, gallos... a los que se tortura, desangra, alancea, abrasa, con el único fin de demostrar que el ser humano es el más perfecto de la Creación, capaz de torturar con un arte y una elegancia que para sí quisieran los mismos dioses.
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(Meditación para hoy: Se me ha ocurrido esta tontería, con neologismo incluido:
Las armas se guardan en el armario.
Y los versos, en el rubendario.)