Opinión
Hermanos del alma
Por Antonio Caballero
-Actualizado a
Mentiroso”, llama el presidente venezolano Hugo Chávez a su vecino de “República hermana”, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe.
“Corrupto”. “Traidor”. “Desgraciado”. “Cínico”. “Hipócrita”. “Pitiyanqui”, que es un insulto nuevo, una palabra inventada por Chávez que significa más o menos lo que en los tiempos en que el imperio universal era el británico se llamaba “cipayo”: un pitiyanqui es un colonizado al servicio del imperio, en este caso el yanqui. Y no es que Uribe no sea mucho de todo eso que le dice Chávez, mentiroso, pitiyanqui y lo demás. Lo que no es habitual es que un jefe de Estado trate así al del Estado vecino públicamente, por la televisión.
Hay que decir también que Chávez, cuando le ha dado la ventolera, ha tratado a Uribe de “hermano del alma” y lo ha abrazado llorando. Pero de unos meses para acá el tono es insistentemente agresivo. La fraternidad la reserva el coronel venezolano para el pueblo colombiano que, por lo visto, y aunque lo haya elegido y reelegido, no tiene la culpa de que Uribe sea su presidente.
–¡Yo soy más colombiano que Uribe! –proclama Chávez. Y grita “¡Viva Colombia!”, y canta en televisión el himno de Colombia. Pero a la vez les advierte a los venezolanos que deben prepararse para la guerra con Colombia, provocada por la entrega por parte del Gobierno de Uribe de siete bases militares al Pentágono norteamericano, que piensa usarlas para atacar a Venezuela. Lo cual puede ser paranoia de Chávez, pero también puede ser previsión. No hay que olvidar que los Estados Unidos utilizaron las bases militares que les cedió Arabia Saudita para atacar a su vecino Irak, cuyo presidente Sadam Hussein también era tachado de paranoico. Y a lo mejor lo era. Pero no se supo, porque lo ahorcaron antes del diagnóstico.
Sucede también que las acusaciones de Chávez y sus fanfarronadas bélicas fortalecen a Uribe y contribuyen a devolverle su popularidad, minada al cabo de siete años por cuenta de las mentiras, el cinismo, la corrupción y el “pitiyanquismo” de su Gobierno. Los insultos de Chávez lo lavan, como el agua lustral. A Uribe le convienen esos ruidos de guerra que vienen del otro lado de la frontera. Y a Chávez también y por los mismos motivos: en las horas bajas que también él atraviesa hacen creer a la gente que el peligro viene de allá. Hasta el punto de que se pregunta uno si no será que se han puesto ambos de acuerdo para enfrentarse. Si no será que, de verdad, y aunque se odien, son “hermanos del alma”.