Opinión
‘Horribilis’
Por Público -
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Mal año este 2010 que acaba de terminar para la Iglesia católica romana. O buen año: según se mire. Como dice el viejo refrán eclesiástico, “no hay mal que por bien no venga”. Y la Iglesia, vieja y sabia –“más sabe el diablo por viejo que por diablo”, reza otra de sus enseñanzas– sabrá sin duda acomodarlo en su milenaria historia: no será un “annus horribilis”. Pero habrá sido, sin duda, un año difícil.
Fue el año de los escándalos de los curas y obispos pederastas, cuyos excesos el Papa Benedicto XVI decidió finalmente condenar tras largas angustias de conciencia: se había llegado a acusar incluso a los coros musicales infantiles dirigidos por su propio hermano, sacerdote como él. Un año que se enredó con el libro de entrevistas del mismo Benedicto en el que dijo (pero era sólo una entrevista, no una encíclica ni un pronunciamiento ex cátedra) que el condón, solemnemente prohibido por sus predecesores en cuanto método de control de la natalidad, no lo está sin embargo del todo en el caso del control de la enfermedad. Pero fue sobre todo un año que se cerró con un escándalo financiero comparable al que, hace 30, estuvo a punto de arrasar con la credibilidad financiera de la Iglesia, más importante que su credibilidad moral. Aquel año del sinuoso banquero monseñor Marcinkus, protegido de varios pontífices, y de la muerte repentina de otros banqueros amigos suyos, Sindona por envenenamiento, Calvi por ahorcamiento, y hasta de un Papa, Juan Pablo I, súbitamente ahogado en su propia cama como un pajarito en medio de la quiebra fraudulenta del banco Ambrosiano. Este año de ahora, el 2010, no ha sido tal vez tan grave. Pero, acusado de servir de lavadero de los dineros de la mafia narcotraficante, el Vaticano se ha visto obligado a prometer ante las autoridades financieras italianas (qué ironía: como si fueran serias) que a partir del 31 de diciembre (anteayer) pondrá a tono el ATM de su IOR con las normas cada día más exigentes de la Unión Europea sobre lavado de dineros sucios. (Otra ironía: como si los hubiera limpios).
Ahora: ¿qué diablos –o qué ángeles– es el IOR? ¿Y qué es el ATM?
Muy sencillo. El IOR es el Instituto de las Obras de la Religión: el banco del Vaticano. Y su ATM (que, dicho sea de paso, se redacta en latín, para desesperación de los revisores fiscales de la UE), es su Modo de Transferencia Asíncrona.
Todo era más fácil antes, cuando la cosa se limitaba a que llovieran lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles.